Una buena canción es un as en la manga, y una canción magnífica se aproximaría a ligar un póker descubierto. Con este nombre –cueva fría- queda bastante definida la línea estilística de Cold Cave. Así que “Love Comes Close”, la magnífica en cuestión, contiene el beat clásico que se impuso entre 1980 y 1984: entre Joy Division y New Order, en la trasmisión de sensaciones –la voz glacial opaca casi más declamando que entonando-, y entre el pulso de Depeche Mode y la accesibilidad de Orchestral Manoeuvres In The Dark. El gracejo del tecno pop en línea directa con las terminales nerviosas de los pies alimentadas por un corazón apasionado: se baila sin querer, se corea queriendo, y se acaba amando. Con permiso de Editors y del amor que nos separará un lunes triste cualquiera.

Podríamos detenernos aquí, sabiendo que el póker está ligado. Pero el álbum “Love Comes Close” (Matador 2009) tiene bastantes más atractivos que una simple comparación con The Knife. A pesar de sugerir inicialmente “Cebe And Me” una densidad frenopática, combina lo pastoso con lo volátil –“Life Magazine”-, el cemento con la silicona y la cazalla con la limonada, picando un poco de la electrónica de antes y otro poco de la de ahora. Wes Eisold ha decidido abandonar la Cueva Fría industrial –al menos de momento- para dirigirse a la luz del neón de los clubs montado en ritmos asimilables. De los Depeche Mode de “Construction Time Again”“Heaven Was Full”– y los Dinarama siempre con los cañones apuntando a la pista de baile –“The Laurels Of Erotomania”-, se pasa a un zarpazo fotovoltáico euphórico –“The Trees Grew Emotions And Died”– para levantar los brazos intentando aprehender la gloria. Como remate, un “Youth And Lust” que se atreve, sin rubor alguno, a marcarse con éxito –como Num9 mismamente- un prodigio en la senda propuesta por New Order y Pet Shop Boys con Electronic.

Las cartas de Cold Cave caen sobre el tapete de Manhattan. El murmullo llega hasta Philadelphia. Repóker.