De la combinación entre cinco años de silencio y veinte de singladura pueden hacerse varias cábalas, siempre con el hilo conductor de la lógica: carrera larga, rutina, vidas de colegas que toman derroteros distintos, pérdida de ilusión, sequía compositora, etc. Con una salvedad genética: presupongo que el concepto solidario de amistad –buddies para siempre- le pega más al carácter escocés y, de este modo, pueden sobrellevar mejor la carga de lo marchito grupos como Teenage fanclub.

No pretendo decir con esto que TFC estén en los estertores de su carrera ni que “Shadows” (PEMA 2010), el disco de retorno, se deba escuchar cual suspiro moribundo auspiciado por el título espectral. De alguna manera sin embargo fluye una madurez nostálgica –contaminando incluso a encargados del sonido como Nick Brine, presente ya en los tiempos de “Howdy!”– en detrimento del espíritu eléctrico. Sí. La chispa se ha ido y ahora suenan –“Sometimes I Need To Believe In Anything”– entrañablemente boreales, afablemente perezosos –“Into The City” con esos teclados de perfume Midlake-, profundamente pastorales y envolventes –quienes echen de menos a Michael Head y Shack encontrarán en “The Fall” y “The Back Of My Mind” dignos paliativos, tal vez por el gran trabajo con las cuerdas de John McCusker, experto en folk británico-, y con una ternura –pocas veces escucharemos pedir en matrimonio como en una “Baby Lee” con acompañamiento vocal de Euros Childs de Gorky´s Zygotic Mynci– que tal vez comprendan mejor hombres que se hayan enamorado de mujeres bastante mayores que ellos.

¿Es esto suficiente? Mientras escucho “Dark Clouds” y su linaje sagrado –patentado, sin imitadores posibles-, regocijándome con su piano y violines o con el trabajo vocal de durabilidad eterna de casi todas las piezas, pienso que es muy injusto comparar este álbum con otros más destacados de su discografía en vez de hacerlo con el resto de productos –bastante inferiores mayormente- publicados este año. Aunque no tan explícita y radiante, la felicidad sigue estando allí, entre sus estribillos y, si más gente perdiese unos minutos escuchándolos, los psicólogos acabarían en la cola del paro.