Hay que decir que esta arca perdida ya la han abierto antes otros. Pero la magia de su contenido hace que cada apertura tenga un halo de iniciático. La historia de la música es un entretenimiento de altura del que nunca se termina de aprender, pero en mi caso sólo los hilos invisibles que unen las tramas de su reflejo subterráneo pueden ganarle la partida a todos y cada uno de los bajones diarios. Puedo sentirme bien con una decena de novedades chulas al semestre, pero este trabajo de reseñador o articulista no lo llevaría a cabo si cuando menos te lo esperas desde el Atapuerca del pop o los yacimientos electrónicos un amigo te anuncia los hallazgos. ¡John Bender!

¿Y quién es John Bender? Pues aparte de comentarles que formó parte del clan de experimentadores de Cincinatti y remitirles a su discografía, poco más puedo añadir. Pero en breve tendremos noticias. Ya hay quien anda preguntando a sus hijos por el contacto de su padre, asentado psicoterapeuta que en la época del post-punk construyó un pequeño parque de sinfonías minimalistas de bolsillo. Fueron cinco o seis años de creación en la sombra, cuando la cosa electrónica lucía como dos leños ardiendo a los ojos de los trogloditas. Desconozco cómo era el rostro de este personalísimo manipulador de sintetizadores, cómo vestía, si tenía barba o gafas de nerd. Sólo dispongo de su firma garabateada en una de sus portadas y volver a reproducir los mp3 de los tres discos que editó.

“I Don’t Remember Now / I Don’t Want To Talk About It” es el menos elaborado de sus vinilos (nunca reeditados), pero también el más sexy. Tres repeticiones secas y ya empieza a fluir esa nostalgia electrónica que surgió de las ruinas industriales. Cuando el brazo hidráulico cesó en su tiránico empeño, la evocación de una mecánica algo más humana empezó a tomar las riendas junto a una oscuridad que dio todo su sentido al after-punk y a varios prefijos de la wave (cool, dark, minimal o simplemente no). Aquellos hombres de negro no eran nihilistas, ni pesimistas, sino románticos a su manera. Valga un ejemplo: Décima Víctima y Family podrían pasar por el mismo personaje en épocas diferentes. Y creo que tanto a Carlos Entrena como a Javier Aramburu los sueños futuristas de John Bender les hubieran transportado a las mismas noches inventadas que ellos interpretarían a su manera, sustituyendo las matemáticas por un corazón más clásico.

Hoy lunes me confieso absolutamente obsesionado con una pieza llamada “33a1”, posiblemente la sinfonía electrónica más atractiva desde La Düsseldorf. El método mixto de minimalismo y pop de Chris Carter –Throbbing Gristle también fue un grupo de techno-pop- nos mantiene alerta hasta llegar a la cima de la composición. Y no hablo de un crescendo épico, sino de la voz del propio artista. Al igual que las primeras composiciones de Pascal Comelade (o su presencia en Fall Of Saigon), Bender estudió la manera de humanizar la vanguardia, hacer de ella un vehículo de emociones y no un dialecto exclusivo para cuatro gurús. Su voz llega entonces como una revelación, como puntal de una estética de perezas y brumas, modulada con un mimo quebradizo sólo al alcance de otro perfeccionista hiper-sensible como fue Arthur Russell.

Bender se alejaría de la música no sin antes apuntalar su escondite para ocultar nuevos tesoros: “Plasters Falling”, “Pop Surgery” y alguna casete más. Apenas dejó pistas para acceder a este pequeño santuario, expoliado con pinzas en blogs de referencia (Mutant Sounds, Direct Waves). Crean adicción: la música de Bender y la presencia intuida de otros fantasmas musicales sepultados entre el polvo de desvanes y en herencias prematuras aún precintadas. Sólo imaginarlo y se activan de nuevo en mí los mecanismos de la escritura. Temo -o igual no- convertirme en un nostálgico de lo que desconozco.