Siempre hay ese momento importante en la vida de un grupo que te gusta. El que corresponde al punto de inflexión donde todo converge. Donde todos los esfuerzos acumulados se ven reflejados en una recompensa sonora a su altura. La historia de Band Of Horses se ha repetido antes decenas de veces. Primer álbum magnífico seguido por un segundo donde, pese a no contar con la ventaja del factor sorpresa de su predecesor, se consolidan las cualidades esenciales del grupo. Tras “Cease To Begin” y sus directrices validando aspiraciones legítimas, resultó hasta cierto punto lógico que la banda se desentendiese de Sub Pop para buscar una mayor proyección comercial. De manera que, con el logo antiguo de Columbia/CBS regentado por Sony–como unos The Byrds o Dylan cualquiera- luciendo amenazador desde la funda a los ojos de cualquier aficionado indie que se precie, “Infinite Arms” invita a la cautela.

Temores infundados, afortunadamente. Nada más empezar, “Factory” arrolla con su emoción en cinemascope. Si alguna vez has pensado que el verdadero significado del término americana lo expusieron los australianos The Triffids con la grandeza de su sonido orquestado, si su épica incomparable y las composiciones escandalosamente melódicas de “Born Sandy Devotional” y “Calenture” son biblia para ti, esta canción te devolverá al estado de amor eterno que no sientes desde 1987. Solo por esa entrada ya serás incapaz de buscarle las pulgas al resto –quizás “Evening Kitchen” y “For Annabelle” resulten algo derivativas- e incluso recibirás con gozo su deuda de siempre con My Morning Jacket –esta vez los de “It Still Moves”– en “Compliments”, o las nuevas concesiones; como la chispa sulfurosa de euforia de una “Laredo” –gran pieza- que cuenta con más de dos y tres acordes entrantes en clave “Born In The U.S.A”, o la hermosísimamente accesible “Dilly”. Hasta llegar a “NW Apt.” donde, en solo dos minutos y medio, la máquina a todo vapor arrolla con el brío de su combustión a lo largo y ancho de la pradera norteamericana: como el motor de un país utópico sin crisis, como la manada de caballos a galope, sin desbocarse pero imparable.

Si todos los sonidos propuestos por multinacionales fuesen así, tan genuinamente directos y seguros de sí mismos como esta producción del siempre acertado Phil Ek, el independentismo discográfico hubiese sido bastante más residual. Band Of Horses, a día de hoy, son un lujo.