Como en todos los aspectos de la vida sujeta al capitalismo mediático, la música también tiene su prensa rosa, amarilla, y algún color más turbio. Solo así se entiende que en el NME una noticia explique que Adam Briggs de Stornoway acudiese en ayuda -por sus conocimientos médicos- de Simon Neil de Biffy Clyro cuando éste se contusionó la pierna al saltar de un amplificador en el concierto de Glastonbury. ¿Héroe nacional? ¿Le salvó la vida? Al parecer solo fue una torcedura. Y uno de los pilares de Stornoway se llama Brian Briggs, ecologista especializado en ornitología: no en vano una de sus canciones se llma “Watching Birds”. Adam es tan solo un colaborador que toca la trompeta en “Zorbing” y “Long-Distance Lullaby”.

En cualquier caso, “Beachcomber´s Windowsill” (4AD 2010) es uno de los discos más placenteros del verano. Stornoway, descubiertos por Twisted Nerve –la discográfica de Andy Votel-, practican un híbrido de folk meloso con matices eruditos –la cartografía de la contraportada y el sosiego de las formas los emparienta con State Broadcasters– no exento de una frescura pop más al abasto de Belle & Sebastian que de The Divine Comedy. Es un sonido un tanto contracorriente vista la tendencia actual, de tonos sepia –“Boats And Trains” recurre a la nostalgia de Richard Hawley– repleto de momentos armónicamente narrativos –la estructura típicamente folk de “Fuel Up” no exenta de combinaciones vocales tipo The Magic Numbers– de sobriedad aterciopelada. A veces pueden parecer un coro de bachillerato inglés, otras el sonido preciado de un manantial. De hecho, mi concepto de la pureza de formas se inició en 1972 escuchando al John Denver de “Rocky Mountain High” y, por alguna razón que no acierto a descubrir, este sonido, esta lozanía radiante e impoluta, me lo ha vuelto a recordar. Y si además consiguen un epílogo –“Long-Distance Lullaby”– con arreglos de viento cercanos a The Bitter Springs, la recomendación queda más que justificada.