Hace unas semanas, alguien me preguntó aquí la opinión acerca de “Big Echo” (Rough Trade 2010) de los californianos The Morning Benders. No supe qué responder, pues en aquel momento yo tenía una visión simplista del álbum, fraguada básicamente sobre la pátina pop que desprendían los primeros estribillos: el temblor melódico a ritmo de vals de “Excuses” –cruce entre la inocencia vocal de Vampire Weekend y la facilidad para tonadas naïfs de Flaming Lips- era pura magia sin truco. No me daba cuenta que ahí mismo, en los acordes cortantes de guitarra de “Promises”, se estaba inoculando la fórmula ganadora Grizzly Bear –produce Chris Taylor, como hizo con el primero de Miles Benjamin Anthony Robinson, Dirty Projectors y Department Of Eagles- en un formato más digerible. Ritmos aparentemente secos y ariscos que esconden composiciones tan certeras –por simples, por dulces- como The Go-Betweens“Cold War”- en un periodo medianero. Es una plasticidad surgiendo de ninguna parte –“Mason Jar”-, como el fruto de un amor improvisado que va creciendo, espléndido, lozano, hasta llegar a la plenitud –enorme enorme enorme “Stitches”- antes del remate –“Sleeping In”- de belleza utópica. Escuchando esta pieza de orfebrería final mientras no dejo de contemplar el lienzo –tan Montgolfier Brothers del primer disco- de la portada y a la vez recuerdo la psicodelia relajada -¿Beatles?- de “Wet Cement”, me pregunto si mi repentina devoción por este manojo de composiciones –también el inicio de “Pleasure Sighs” y su falsete a lo Tahiti 80 me vence- será un idilio pasajero o un amor para toda la vida.