Diciembre de 2002. Guatemala. Estando en Quetzaltenango (Xela para los lugareños), llamé para hablar con la familia, y me dijeron que mi padre estaba ingresado tras sufrir un infarto. Nada aparentemente grave al parecer, así que proseguimos viaje. Recuerdo vivamente el trayecto entre Antigua, la frontera con Honduras y la estancia en Copán Ruinas, pueblo adormilado que vivía de los turistas que debían pernoctar allí si querían visitar las ruinas de Copán con cierta calma.

Nuestro hotel estaba en la loma a la que se accedía gracias a una calle empedrada que salía de la plaza mayor hacia el norte, por la que costaba un infierno subir tras haber estado caminando toda la jornada. Al sur y al este de la plaza, un par de restaurantes servían cocina internacional, así como algunas delicias locales (frijoles refritos con queso fresco, mmm). Me impresionó sobretodo el cambio cultural. Después de varios días entre harapos mayas, austeridad y noches frías en valles guatemaltecos, aquí –sin ser costa bullanguera- ya se escuchaba música con ritmo alegre e imperaban los shorts y las camisetas de tirantes: adiós tristeza indígena, bienvenidos a la calidez tropical centroamericana.

Hace algo menos de dos años, el segundo álbum de The Acorn, “Glory Hope Mountain” (Bella Union 2008), desgranaba los avatares de Gloria Esperanza Montoya, la madre hondureña de Rolf Klausener que abandonó el hogar hacia Canadá a los doce años en busca de una vida mejor. Rock con un poso de calidez triste subliminal –o tristeza cálida, tanto monta-, sin el exceso de abalorios que podrían –visto el guión: malos tratos paternos, sin papeles, etc- conducir al drama fatuo. Todo exquisitamente simple, variado y honesto. “No Ghost” (Bella Union 2010), tercero, retorna a la temática normal con una energía algo más eléctrica y carnal aunque no exenta –“Cobbled From Dust”- de ese punto lánguido, distinto pero parecido, al de Midlake. Pueden trabajar las guitarras en planos paralelos tejiendo el ritmo –“Crossed Wires”- hasta configurar su telaraña, así como buscar el impacto corto –“On The Line”- con un preciosismo inusual. Y, por supuesto, siempre está presente una acústica muy personal –“Bobcat Goldwraith” y “Slippery When Wet”-, como una resonancia dulce en las cuerdas solo al alcance de quien ha sido amamantado con sonidos latinoamericanos.

Música bañada junto a las sirenas de los mares cálidos cuando tratan de sobrevivir entre los hielos del norte, que siempre me devuelve las imágenes de la cuesta empinada de Copán Ruinas, cuando una llamada desde la cabina de la plaza para saber el estado de salud de mi padre me estremeció. Debía regresar, estaba muriendo. Quedaron en la agenda las playas salvadoreñas, Tegucigalpa, Tela, Trujillo y las islas de la Bahía, pero nada importaba. Solo deseaba volver. Al contrario que sus muy ineptos colegas de España –que se desentendieron del todo-, los de Iberia de Guatemala porfiaron hasta conseguir colocarnos en un vuelo de regreso el 21 de diciembre para que llegase a verle, en vida y consciente. Falleció el día de navidad.