El estado actual de la cosa musical está pudiendo conmigo. Pero lejos de entregar las armas, y una vez detectados los síntomas, este verano he optado por guardar reposo contemplando, por ejemplo, lo muy razonable que puede llegar a ser priorizar la degustación lenta de un tema soul de 1972 a tener una opinión cuanto antes del nuevo disco de Arcade Fire. Ya habrá tiempo para ello. O no. Veremos cómo me afecta esta temporada la absurda agresividad con que se comporta el mercado de las expectativas musicales y sus incongruentes niveles de esquizofrenia. Así que, puestos a afrontarlo, planteé un verano sencillo y sensual, impulsado además por la conciencia de que cada vez me siento más identificado con un negro del Delta aullando al Señor que con un vecino de Malasaña delante de mil pedales o un grupo de pop hablando de sus cosas. Y como necesitaba equilibrar la balanza hasta un nivel más natural, me he estado zambullendo en las “Southern Nights” de Allen Toussaint, esperando que alguna noche cayera una “Quiet Storm” como la de Smokey Robinson. Peligraba el empalago. Y entonces todo cobró sentido al aparecerse como un susurro entre grillos –y modales de gentleman– un pacífico resistente a lo que fueron las reglas de poderío y jerarquía del soul en los años setenta.

Obvio: no viví in situ “Why Can’t We Live Together?”. No tan obvio: tampoco los años me la trajeron. Con veinte el soul me daba igual, el funk copaba mi lista de prejuicios e incluso la arenga conciliadora de esta canción parecía menos convincente que la de las gargantas profundas de su generación para perdurar como bandera en el tiempo. Han sido estas noches de sofoco con más de una hectárea de parque rodeando mi nueva casa, cuando he ido en busca de ella sin saber que existía. Porque nunca hubiera imaginado que un caballero del soul pudiera sonar como Young Marble Giants, con la emoción sintetizada en una caja de ritmos diminuta y un órgano Hammond al que no le hacía falta quemarse a lo bonzo para encendernos a todos.

Sade se acordaría de ella en su triunfal “Diamond Life”, pero para entonces la elegancia vestía unas arras impensables en aquel estudio donde, en el otoño de 1972, un director de colegio que acababa de abrir un club nocturno entró y salió en cuestión de pocos minutos. A Timmy Thomas le pusieron un micro en el pie, otro en la mano izquierda y el último a diez centímetros de los labios. Le dijeron que tocara y antes de cinco minutos ya habían dado por concluida la única toma. Así también se fabricaban hits para vender más de dos millones de copias.