Estas fechas –final de vacaciones, comienzo del curso escolar- son un poco como año nuevo, y se prestan a ejercitar la memoria en busca de un repaso informal antes de entrar en la que ha de ser la fase musical definitiva del año. De todos los álbumes del primer semestre que no han sido comentados aún aquí para bien o para mal –Lonelady, The Clientele, The Ruby Suns, Kyte, Wolf Parade, los más electrónicos como Caribou, Seabear y Lali Puna, o los más de guitarra como The Hold Steady, Molina & Johnson, Bonnie Prince Billy o The Black Keys-, el para mí más agradablemente sorprendente es “Total Life Forever” (Transgresssive 2010) de Foals. Tal como quedó apuntado en la reseña de Rockdelux, su primer álbum “Antidotes” (Transgressive 2008) no me convenció, quizás por irrumpir –metido con calzador- en la entonces pujante movida del math rock –cada día duran menos estas eclosiones anzuelo para aspirantes pipiolos a fashion hunter que suelen picar- a remolque de Battles, cuando en realidad estaban cociendo una papilla de funk aguado típico de músico británico blanco/blando a lo Level 42.

Todo esto no ha desaparecido completamente de “Total Life Forever”, pero mucho sí ha cambiado. En primer lugar las canciones. Que Foals jamás lleguen a la elasticidad de los maestros negros –Earth Wind & Fire serían el súmmum como ejemplo- no debería impedir que compongan mejores piezas, que es lo que aquí ha sucedido. Las canciones no quedan sepultadas bajo su idiosincrasia rítmica, sino que maduran agraciadas por una buena planificación estructural, con estribillos reconocibles y arreglos que proyectan espectacularmente los momentos importantes de cada tema. Otro detalle importante, sintetizado en una frase de la reseña del álbum en el NME: Yannis Philippakis canta dulcemente esta vez en vez de ladrar. Se les escucha más sensibles, más vulnerables, y con más ganas de trascender. Pasan de la calma al vértigo sin inmutarse –“Black Gold”-, buscando desarrollos magnos sobre los cuales erguir sólidamente –“Spanish Sahara”– la esbeltez arquitectónica de la canción. Y no diré que tienen la intensidad de New order, aunque también se hacen rodear de un halo mayestático a través de un discurso musical sencillo (el fuzz de fondo de “This Orient” podría pertenecer a Kitchens Of Distinction, y el escozor rítmico a los Bloc Party de “Silent Alarm”).

Lo jodido de la comparación con Level 42 –comparación que, si a alguien le suena despectiva, permítame aclararle que en otros tramos, como en “Total Life Forever”, podría cambiarse por LCD Soundsystem– es que ahora me parece aún más acertada, sin que este hecho disguste o impida recomendarlo. Seguramente uno de los segundos discos más positivamente evolucionados respecto a un debut jamás publicados. Gran paso adelante.