Febrero de 2005. Caminaba yo cojeando hacia las oficinas de Sinnamon. Arrastraba un intenso dolor en la rodilla derecha que, tras la revisión médica y el diagnóstico de osteonecrosis, me tendría dos años con muletas y magnetoterapia. Conseguí salvar el cóndilo, evitando quirófano y prótesis, pero salí de esta etapa oscura convertido en un ser diferente –sabida es la mala hostia de los cojos- que busca en los pequeños detalles grandes tablas de salvación para encarar los problemas cotidianos. Aquel día frío de invierno era la fecha que me habían asignado para conocer y entrevistar a Arcade Fire, grupo nuevo en principio merecedor de dos páginas pero que, gracias al ascenso meteórico de su popularidad entre este día y el de la entrada en máquinas del artículo en Rockdelux, se convirtió en portada engordado con un informe de nuevos grupos canadienses a cargo de Jaime Casas, con quien por cierto me crucé al salir de las oficinas y tampoco pasaba por un buen momento (en su caso anímico y no físico).

El intenso dolor se desvanecía al sentarme, así que pude saborear plenamente la entrevista con la pareja entusiasta formada por Régine Chassagne y Win Butler. En aquellos días “Funeral” (Merge 2004) era una de las novedades rock importantes de la temporada, con sus virtudes y sus defectos. Me molestaba un poco el tono conceptual ambicioso del álbum, sobre todo tratándose de primerizos, en contraste con la honestidad vital de la pareja. Después vendría “Neon Bible” (Merge 2007), para mí –sé que en este caso estoy en minoría- superior a su antecesor gracias a la gran pegada rock –algunos de los temas comparables a Bruce Springsteen- que me cogió con la guardia baja.

A estas alturas pues, podemos afirmar que el estilo de Arcade Fire es más bien primario, poco moldeable o filigranero, de ritmos toscos, rígidos, casi paquidérmicos, faltándole una pizca de elegancia, aunque, otra vez como Springsteen, tremendamente eficaz. Gracias a unos arreglos majestuosos –que no épicos-, cuando llegan y pegan, lo hacen a lo grande. “The Suburbs” (Merge 2010) no falla en este aspecto, contando además con una trama conceptual infalible: la del paso del tiempo, los recuerdos, lo que éramos, lo que nos vemos obligados a ser, y sobre todo en lo que no queremos convertirnos. Sé que quizás sea pedir demasiado a sus detractores –y que es lo mismo que les pediría a los detractores de Radiohead-, pero me gustaría que intentasen sumergirse en primera persona entre los textos narrados por el grupo. Un vistazo atrás al barrio de su adolescencia, las casas, los cambios producidos, el ritmo de vida anterior. Pese a saber que se trata de romanticismo de manual, pocas veces sentirás un nudo de desapego en la garganta como escuchando “City With No Children”. En las casas de los barrios de Arcade Fire no hay ventanas, y si las hay están tapiadas o con las persianas bajadas en señal de abandono. No hay nadie por la calle, ni niños, el vacío es de falsa libertad: prisiones privadas. Puedes percibir sus ganas de huir en busca de una vida mejor en el inicial “The Suburbs”, como en “Thunder Road” de Springsteen. Falta el porche y el vestido de Mary ondeando, pero casi se palpa una tonada de Roy Orbison para los solitarios. Su trote fácil, desenfadado, se diluye de pronto al minuto y medio, cuando Win intenta atrapar un sentimiento apoyándose en un teclado solemne. Entonces intuyes que el álbum no va a ser una fiesta. `¿Entiendes por qué quiero una hija mientras aún soy joven? Quiero cogerla de la mano para enseñarle algo de belleza antes de que todo el daño esté hecho. Pero, si es mucho pedir, entonces mándame un hijo´.

En “Half Life II” sigue la búsqueda de un lugar donde sentar raíces y poder llamarlo hogar, un sitio amable (`I pray to God I won´t live to see the death of everything that´s wild´). Y siempre, en un disco así, está el gran momento, la pieza incendiaria que lo quema todo más allá del bien y del mal –“Empty Room”-, con un nivel 9.1 en la escala de grandes andanadas del rock donde el valor 10 estaría copado por “Paradise By The Dashboard Light” de Meat Loaf (con la inestimable ayuda de Ellen Foley). Arrasa en parte porque despunta crucialmente tras el final plomizo de “Rococo”. `I´m alone again. When I´m by myself I can be myself´. Régine se desgañita opaca entre la marabunta sonora. El ser humano como animal social encadenando fracaso tras fracaso. `Toute ma vie est avec toi. Moi j´attends, toi tu pars´.

Ahora ya no es cosa de la guardia baja. Es que no me quedan defensas, y mi único consuelo –al parecer como ellos- es mirar atrás cada vez más a menudo. `These days my life I feel it has no purpose´. Pero la nostalgia, que es una enfermedad que se produce de tanto comparar el mundo que heredamos con el mundo que estamos construyendo, solo tiene un remedio: intentar mejorar el presente. Ardua moraleja.

Sin ser el disco de mi vida, “The Suburbs” está hecho a medida para hacerme enfrentar a mi vida actual, cuando la cojera no es física sino mental, como en su día lo fue “OK Computer”. Por ello, porque escapa a la mera lógica de la concatenación de notas musicales que usamos para calificar un álbum, será en el futuro despreciado.