Rate Your Music, esa comunidad digital que a menudo revisa expedientes musicales pendientes de juicio justo en sus innumerables listas de géneros y tendencias, aún no ha llegado a sensibilizarse con el asunto Paul Roland. Como base de datos, almacena puntuaciones de discos y elabora listas globales con las aportaciones de su público. En la lista de 1991 “Roaring Boys” –publicado por Roland con la ayuda de Nick Saloman, de Bevis Frond- aparece en el puesto 994 de LPs, un poco por debajo de Los Suaves, Huey Lewis & The News o Andy Summers. El dato fue suficiente para animarme a agitar con violencia el archivo y desempolvar urgentemente su caso. Más que nunca sentí la necesidad de fundar la Paul Roland Appreciation Society. La experiencia –y los cientos de discos “raros” que han pasado todas las cribas de mi discoteca cuando quiero desahogar la pared- me dicen que cuando los tipos “raros” deciden un día respirar el mismo aire que los demás mortales y componer una canción pop el mundo debería pararse durante cuatro minutos. Más que nada porque suele tener el extraordinario aspecto de un eclipse de sol… a la inversa. Pasa una vez cada mucho tiempo y alumbra a rabiar donde siempre fue de noche.

Paul Roland comenzó juntando letras como periodista musical y terminó expandiéndolas en las cabezas que se dejasen. De tanto leer historias, terminó por escribirlas. Su bibliografía es incluso más extensa que su currículo musical. ¿Preferencias? La perversión de la mente británica en el entorno aparentemente perfecto de la era victoriana. Sus canciones son un complemento idóneo. Parecen hablar de un autor que vive en el siglo diecinueve, que intentó hacerse un hueco en la música con el efecto del after-punk en el siglo veinte y ahora que el veintiuno regala un escaparate a músicos con arrugas, el viejo Roland decide hacerse ciudadano alemán y abandonar unas islas que –para que mentir- nunca le quisieron por allí. Su discografía engordó cuando el psych-folk no era más que una paja de jipis sin percha libre para entrar en el armario de la modernidad. Nadie imaginaba que un día pudiera coquetear con las tendencias, pero para entonces el cantautor más exuberante de su generación ya había hecho las maletas y empezaba a dejar este mundo, a cerrar filas y salvaguardar sus historias de folk gótico que a pocos habían interesado. “No estoy nada interesado en explorar mi alma ni la de los demás”, dijo mientras cerró la última de sus maletas. Alguien le comparaba con Nick Drake.

En el año de “Nevermind”, Paul Roland de repente se imaginó como un roaring boy sin teatro donde actuar ni calles ya por alborotar. Así se les llamaba a aquellos aspirantes a escritores que aprovecharon el Londres florido de Shakespeare para tomar calles y patios y guionizar sus sueños más salvajes. Paul Roland sentía la rebelión desde sus necesidades más románticas; como un impulso vital que debería estar siempre justificado por su propia esencia. “Roaring Boys” triunfa ya desde sus primeros acordes. La melodía y la cabalgada de violines justifica –por si quedaba alguna duda- la revisión del caso Paul Roland. Un tipo fuera de lo común del que Robyn Hitchcock dijo que era Kate Bush hecha hombre.