5 de septiembre de 2010. Tengo delante los cinco discos que publicaron Microdisney y en los dedos un extraño impulso que me empuja a abrir el Word. Se apelotonan los deseos de explicar lo que siento por este grupo pero me preocupa que últimamente sea incapaz de estructurar un texto único, así que les dejo esta aproximada cronología que pretende explicar cómo alguien sin halago fácil para los grupos de pop llegó a convertir a uno de ellos en un fármaco potente. De la familia de los antidepresivos.

Otoño de 1989. Las vías ferroviarias de cualquier ciudad industrial, un nombre propio de fábula posmoderna y la firma de Rough Trade. Comprar a ciegas o no comprar. Estúpida duda: si realmente existió, la culpa sería de esa parte del cerebro a la que le podía preocupar mi vida social de joven. Porque “The Clock Comes Down The Stairs” (85) era un disco con la muerte camuflada en cada esquina. Pero la conciencia de participar en una carrera contra el tiempo no se tradujo en otra sobada apología de la decadencia. Todo lo contrario: el reloj ya está bajando las escaleras y tenemos que poner los ojos a cada segundo en todo lo que pasa por delante. Incisivo, observador y precioso. Lo incluí en mi top 10 de discos favoritos del siglo XX para aquel especial de Rockdelux.

1990. Consigo todos los discos del grupo irlandés poco después de publicar “39 Minutes” (88), última de sus obsesiones con el paso del tiempo. Sean O’Hagan y Cathal Coughlan deciden separarse. No encuentro ni un rastro póstumo en el NME. Tengo que vivir de las historias que imprimían en las contraportadas de sus LPs. Cómo se morían de asco en Cork y cómo emigraron a Londres para sacar su primer disco y seguir muertos de asco. Me inquietaba mucho su debut, Everybody Is Fantastic” (84): genial ironía del paleto que emigra a la ciudad y pretende ser aceptado por aquellos que les llevan varios años de ventaja en modernidad y saber vivir. El sarcasmo les duró un telediario. Algún mes después recuperaban sus primeros singles en “We Hate You, South African Bastards!” (84). Los ingleses ya no sabían si reírse o echarse a temblar. Los más listos tomaron nota.

1992. El nuevo grupo de Cathal Coughlan hace ruido en medio del emergente brit-pop. El de Sean O’Hagan llama a las puertas de la villa donde descansan Brian Wilson, Burt Bacharach y Paddy MacAloon. Necesito mis medicamentos. Cinco pastillas diarias durante una semana me aclaran la dinámica de aquellos trenes que iban por la misma vía, en dirección contraria y que nunca llegaron a chocar. Coughlan –analista rudo- no desechaba una buena grosería como parte de un magnífico estilismo. O’Hagan –compositor afinado- mantuvo su discreción cuando encontró las claves que unían las melodías eternas de Bacharach y el mood perenne de Jobim. Tengo veintidós años y quiero contarlo, pero no sé dónde. Y, muchos menos, cómo.

Primavera de 1993. Monto un fanzine porque no tengo con quien hablar de mis dos grupos favoritos. Y ahora no puedo creer que mis gustos hayan cambiado tan poco. Lo de Felt no quedó mal. El de Microdisney, bastante precipitado y tontorrón. Era tan ingenuo que no entendía como nadie reclamaba para Cork (en la foto) la insignia de capital mundial del pop.

Diciembre de 1994. Annus horribilis a ochocientos kilómetros de casa que supero con sesiones de cuatro escuchas diarias de Family mientras estoy tumbado, con el marrón de Orbital cuando voy por la calle y con lecturas de las canciones de Microdisney cuando la cabeza me da para algo. Me resultan tan difíciles de asimilar como las de Bob Dylan, pero algo queda prendado. Reconozco que no soy muy listo y dejo en manos del Tiempo su completa comprensión.

Primavera de 1995. Llevo varios meses tan anulado que sólo sirvo para escuchar música y pensar en ella. Regreso al mundo real con el supuesto hallazgo del origen de la rabia de Cathal Coughlan. Contra la supremacía individual de The Smiths, los textos de Microdisney (el miércoles me extenderé más en un post específico de Coughlan). Me fijo en los fotogramas del free cinema británico que identifican al grupo de Morrissey y en la figuración más abstracta con que Felt lo impregna todo. Pero me impacta más la de un carnicero cualquiera despachando en un mercado. Era una de las fotos “circunstanciales” de la contraportada de “The Clock Comes Down The Stairs”.

Verano de 1997. Me dejan un VHS de un concierto de Microdisney para poder completar el rompecabezas. Ya tengo perfeccionada la confusión. Resulta que querían ser como The Pop Group, pero vestían como una banda de pub-rock y no ocultaban su maña divina para el pop. Decía Coughlan que la mayor hazaña política llegó cuando los conservadores descubrieron que podían mentir mientras enseñaban toda su dentadura tras una sonrisa. La de Microdisney fue contarlo a través de una hipérbole mientras ejecutaban la más embaucadora de sus armonías. El discurso en “Crooked Mile” (87) ya estaba muy depurado.

Septiembre de 1999. “César, te quería presentar a David S. Mordoh”. Fue en el BAM. Juan Cervera me coge por banda y me lleva hasta el anticrítico que se había sacado de la manga un subgénero periodístico metiendo el vuelo de una mosca en la crónica del mejor disco de REM. Por si no te habías dado cuenta: perder tu tiempo con la música merecía la pena. Me habló de algo que yo había escrito sobre Go-Betweens. Le agradecí que fuera la primera persona a la que le había leído nombrar a Microdisney.

Algún día de 2006. Una noche digo que el pop es lo que más me gusta y me acusan de provocador. La confusión se desprende cuando llegan las asociaciones: entonces, te tendrá que gustar esto y, por extensión, esto otro. Mis preferencias no funcionan así. Diré que fui abandonando el pop a medida que me empezaba a resultar reiterativo. No me gusta la música que duplica esfuerzos para conseguir el mismo efecto. Me aburre una guitarra lánguida que parece gemela de la voz del cuerpo que la toca. Igual si pasara por el aro sería un poco más feliz. No recuerdo a ninguna novia mía pedirme que le pusiera a Microdisney.

Abril de 2008. Mantengo una conversación en la que confieso que de vez en cuando me pongo algún disco de pop ramplón, pero que no trago que la frescura saltimbanqui ni la introspección existencialista de quien no ha podido acumular fundamentos vitales suficientes acaparen toda la cuota de credibilidad del pop. Que no compartía del todo la mala prensa que suele tener la “etapa de madurez”.  Puse como ejemplo a Cocteau Twins. El caso de Microdisney es algo distinto, pues siempre me pareció un grupo adulto (sonido bien formado un poco a lo Steely Dan, las ideas clarísimas, nunca dijeron la tontuna de “hemos montado el grupo sólo para divertirnos”), aunque más rebelde que muchas bandas imberbes que se cagaban en “el sistema”. Sigo pensando que la juventud no es revolucionaria por naturaleza y que la madurez dispone de muchos rasgos para no mandarnos irremediablemente a la poltrona. Y esto no es una declaración de principios, sino una lectura algo más real de las cosas.

Diciembre de 2008. David S. Mordoh y el que escribe se quedan solos en este blog sin identidad clara, pero que ha venido funcionando desde la convivencia de dos visiones aparentemente contrapuestas. Creo que alguna vez David me lo ha comentado: “somos un poco como Microdisney”. Pues sí, exiliados del actual formato periodístico en la prensa musical y librando una batalla desigual porque ya no nos importa ser vencedor o vencido. Y entonces me acordé de aquella conversación fugaz en el BAM. El mencionó a Go-Betweens. Yo saqué el tema de Microdisney.