El 16 de mayo de 1996 tuve ocasión de entrevistar por segunda vez a un miembro de Microdisney, esta vez por teléfono y cuatro años y tres meses después de hacerlo con Cathal Coughlan cuando vino a Barcelona con Fatima Mansions. La banda ya no existía, y Sean O´Hagan, el otro cerebro, había ido dando tumbos -el más acrobático, su faena en Stereolab– mientras procuraba crear un sonido personal con The High Llamas que, si al principio parecían un disfraz para no confesar que estaba solo, poco a poco, abriéndose a más músicos y superando comparaciones –Steely Dan por el tipo de voces y los arreglos relajados- forjaron una identidad.

La entrevista venía a cuento para promocionar la publicación del doble álbum “Hawaii” (Alpaca Park/ Sony 1996), con veintinueve canciones que daban un paso gigantesco respecto a su obra precedente (aunque “Gideon Gaye” en 1994 ya había dado otro respecto a “High Llamas” y el mini “Apricot”). Antes de entrar en materia, Sean puntualizaba en el siempre –para los músicos- fastidioso juego de las comparaciones. Hablábamos de “Gideon Gaye”. `Si debo etiquetarme como un cruce de algo, me veo más entre “Smile” de Beach Boys y Holger Czukay. Y creo que “Checking In, Checking Out” suena más a Jimmy Webb que a Steely Dan´.

Después de tantos años, volver a escuchar “Hawaii” es una delicia. Quizás un tanto rígido su inicio visto desde una perspectiva actual –la secuencia 007 de “Sparkle Up” suaviza el arranque-, a medida que avanza deja otra vez al descubierto, por irrepetible, su monstruoso torrente melódico, tan sencillo de escuchar y en el apartado rítmico como complejo en detalles y arreglos. Debe ser como flotar en líquido amniótico: por alguna razón, placenta y placentera comparten raíz. Y como no es cosa de perder el tiempo buscando palabras distintas para decir lo mismo, transcribo la parte del artículo –el tercio final- que profundiza en el álbum.

FACTORY (nº 11, julio de 1996, página 11)

Sean ha apostado fuerte con “Hawaii”, tal vez la obra más ambiciosa de 1996, la más exuberante, sedante y alejada de las preocupaciones de lo que se entiende en estas páginas como rock alternativo. Describirlo es complicado. ¿Lounge elevado a cotas sinfónicas? Le queda corto. ¿Desbarre orquestal? ¿Música para coctelerías y restaurantes con palmeras y colores pastel? “Hawai” evoca. Imaginemos un rincón del trópico civilizado y confortable, con su atardecer de mil colores y un refresco sofisticado con pajita en los labios. Ah, y la compañía adecuada. La imagen que nos vendió el cine escapista norteamericano de los cincuenta, con sus melodías cimbreantes, adaptada a ciertas corrientes de pop de finales de los sesenta y que algunos pocos, como Prefab Sprout, arañaron más bien por encima y como casualmente (`me encantaría que Paddy McAloon dejara de utilizar sonidos tan sintéticos y horribles. Le iría mejor con instrumentos más naturales´): te recordará por supuesto a la segunda cara de “Abbey Road”, a Beach Boys, a Dan Hicks, a George Gershwin, a John Cale, John Barry y un largo etcétera. Veintinueve canciones, algunas instrumentales bellísimas, donde al intrincado enjambre de cuerdas se ha añadido una dedicación meticulosa en los vientos. `Mucha gente utiliza los vientos de modo dinámico, siguiendo el estereotipo. Yo prefiero otra perspectiva de arreglo, más en la línea de John Simon con The Band. Estoy muy orgulloso de esta parte del álbum. Respecto a los instrumentales, no puedes trabajar un disco doble y no sonar aburrido, de modo que conviene romper para dar un respiro al oyente. Se ha de saber manejar la relación espacio-tiempo. Además, es mucho más fácil experimentar con instrumentales que dentro de los límites estipulados de una canción convencional, que son como una cárcel para la imaginación. Ahora mismo escucho mucha música instrumental, bandas sonoras como las que forman la parte más experimental y oscura de la obra de Ennio Morricone. Es como una inyección: la escucho y salgo corriendo a componer´.

A ciertos aspectos del álbum les pega el título “Hawaii”. `Pero no los que se suponen. Me gusta la forma de la palabra. Vivir en Londres y utilizar la palabra Hawaii me parece divertido por lo anacrónico. Y con esas casas de madera de montaña: una portada rústica que tampoco tiene mucho que ver. La impresión general, una vez puestos en la batidora todos los elementos, si quisiera definirlo musicalmente, es que se trata de un disco de banjos. Me fascina la extraña combinación de banjos y la palabra Hawaii´.

`Si pudiéramos grabar otro disco con Sony, yo sería feliz. Estoy acostumbrado a ser despedido por las discográficas después de un álbum´. No es hasta la quinta escucha cuando empiezo a valorar la dimensión aproximada del esfuerzo. Se abren los cielos, y lo que antes parecía un proyecto desmedido y estrafalario, ahora deslumbra por su sana ambición. Es simplemente magnífico. Tal vez Sean O´Hagan no consiga jamás traspasar el umbral de la fama, incluso puede que nunca en el futuro se valore históricamente este trabajo. No importa, con esta grabación bajo el ala, yo de él envejecería satisfecho.