Mala cosa los prejuicios. Curado de espantos por una determinada variante cinematográfica de películas mayormente engendradas para el público afroamericano –las de humor zafio de menor nivel incluso que las de Eddie Murphy-, no las tengo todas conmigo al enterarme que “The Archandroid” (Bad Boy 2010) de Janelle Monáe es un disco conceptual con un androide como protagonista inspirado en “Metropolis” de Fritz Lang, que está subtitulado a toda pompa como “Suites II And III”, y menos aún al ver a la cantante en el diseño gráfico –el sombrero atiborrado de fulgor dorado, el entorno espacial, etc- mientras escucho la instrumental “Suite II Overture”. ¿Ínfulas de música clásica para banda sonora con riesgo elevado de sonar presuntuosa, sin más virtudes que adaptar al oro negro la estética de “Star Wars”?

La teoría de la conspiración queda abortada de tajo, un tajo brusco, afilado y tremendamente adictivo llamado “Dance Or Die” que empalma con la aparentemente más cálida “Faster” –solo aparentemente: por debajo fluye casi frenética- en un non stop dancing sin mácula –bajos de escuela Chic con tonada Stevie Wonder en “Locked Inside”– y sin freno. Janelle ejerce un control absoluto gracias a su elegante voz, a su desparpajo artístico polifacético –el tiempo nos dirá si a la altura fecunda de una Alicia Keys y Erykah Badu, o a la pasajera tipo Terence Trent D´Arby y D´Angelo-, y supongo que a los buenos consejos de sus mentores Sean “Diddy” Combs y Big Boi (Outkast).

Tras un break lento aterciopelado, vuelve a la carga rítmica con dos piezas irresistibles para los pies, “Cold War” y “Tightrope”, la segunda mostrando la facilidad de Monáe para pillar de cualquier archivo musical norteamericano (en este caso estilos negros pre rock y post jazz), mientras “Oh, Maker” aporta una dulzura especial que solo las voces de color femeninas –pienso en la malograda Minnie Riperton– pueden. A estas alturas de la grabación queda ya definitivamente claro lo caleidoscópico de su estilo, con canciones estructuradas con inteligencia –variedad y pasión se combinan en “Come Alive”– absorbiendo de fuentes reputadas. Al citado Wonder hay que añadir muchos guiños –tanto en arreglos como en guitarra- a Prince, o a Michael Jackson –disco grabado en los estudios Wondaland, canción titulada “Wondaland”-, y tampoco hace ascos Janelle a la influencia blanca. Aparte de “Make The Bus” –colaboran Of Montreal-, tema super Prince, “57821” podría ser un clon de “Scarborough Fair” interpretado por Fleet Foxes, y la seducción tropical emanante de “Say You´ll Go” incluso a veces hace confundir la fonética de una frase como ´our love will sail´ pareciendo que diga `I love você´.

Con la clara intención de buscarle un final adecuado a su alter ego robótico Cindy Mayweather que abra el portón de la madrugada, Monáe busca el reconocimiento con una diplomatura de nivel superior como artista total en la misma veta tranquiparadisíaca que Stevie Wonder. En entrevistas confiesa además que se mira en el espejo de los clásicos al defender una versión de “Smile” (Charles Chaplin) no incluida aquí. Porque es la pieza favorita de su favorito, Michael Jackson, y porque de ella han hecho versiones Wonder, Nat King Cole, Frank Sinatra y Judy Garland entre otros. Apunta altísimo pues, y solo ha de contener algunas tentaciones megalómanas que la alejen del over-the-top para, más pronto que tarde, poner su nombre a la altura de éstos con una mansión repleta de estatuillas y los más variopintos galardones.