
8 de septiembre de 2010. Confieso que hace unas semanas le pedí amistad al señor Cathal Coughlan en el único antro del mundo moderno donde estos valores se solicitan antes de ofrecerse. Con pocas personalidades públicas había pasado semejante trago antes, y ninguna apenas conocida. Se lo pedí a Stewart Home, un tío que no me cae especialmente bien, pero le debo que en su día me explicara el punk de un modo que me enganchó. Era uno de estos skinheads que se dedicaron, mientras se ponían morados de birras, a leer libros para acreditar materia gris ante clanes no muy amistosos. Pero a este le salió bien la jugada y consiguió publicar unos libritos -tengo tres suyos- que incluso pelearon con destreza por ser la alternativa malota al sendero de revisión contracultural que estaba construyendo Greil Marcus, por ejemplo, en “Rastros de Carmín”. Pero Home pronto perdió fuelle. De tanto corrernos con los padres de la izquierda nos olvidamos de los niños de la crisis. De tanto articular el asalto a la cultura, los primeros que pasaron por detrás –y por delante- nos robaron la cartera y algo más. El caso es que las actualizaciones de su muro me aburren. Me dieron ganas de retirarle mi amistad. Hasta que me acordé que no fui yo quien se la dio.
Mi relación de dos semanas con Cathal Coughlan no está siendo muy distinta. A él le da igual ser mi amigo y yo le tengo al lado sólo por si acaso. Reconozco que en un primer momento quise mandarle un mensaje –nótese como va aumentando la tensión de la estupidez contemporánea-. Iba a escuchar su nuevo disco y me picaba el gusanillo de comentarlo con él. Incluso, de apañar una entrevista. Sabía que me iba a encontrar con un señor al que la revista Mojo acababa de darle dos estrellas por “Rancho Tetrahedron”. Un raquítico galardón que a cualquiera ofendería pero que me temo que a Cathal simplemente le resultará un engorro. No sabrá qué hacer con ellas. Y esta disidencia -a falta de un criterio más simpático- el Mojo la castiga. Y dicho esto me gustaría saber dónde para Matt Johnson. Para forzar un encuentro entre ambos.
Los tres minutos que dura “Shipman Memorial” me van a servir para entrar en este otoño por la puerta grande. Comienza como Sea And Cake y acaba –por estribillo, humor, ganas y porque es un tío cojonudo- en los últimos días de Microdisney. Un guiño diabólico para dar paso, cual coito interrumpido, al presente del autor. Su hermetismo debería tomarse ya como un orgullo de raza. Porque al señor Coughlan antes se le ven antes las fingidas costuras de un cabaret de entreguerras o de un jazz sin mucha alma que la partitura pop que todo inglés mamó en la cuna. Irlandés hasta la médula, ejerce de no-británico. En dos o tres años, se convertirá en ese Jacques Brel de aldea curtido en mil paseos por paisajes urbanos. Como al belga, sus canciones le colocan cara a cara contra el oído de quien se anime a escucharle. Con el riesgo que eso conlleva: de hartarte a las primeras de cambio o de percatarte, sin posibilidad de renuncio, de cuando baja el pistón. Incluso Scott Walker se aprovecha del silencio para perderse de vista por un momento. Pero Coughlan no se concede ni un segundo de ausencia de sus canciones.
En estos años ha publicado a su nombre. Ya va por el quinto disco. Lo que pasó fue la ira. Ahora se le nota plácidamente cansado. Rumiando su disidencia sin intentar convencernos. No creo que haya depuesto las armas. Ni tan siquiera que le haya cerrado la puerta a una relación más fácil y complaciente con la inspiración melódica. Simplemente creo que ha querido perfeccionar esa sonrisa suya de medio lado que dice más del hombre que del músico. Se llama carisma. Y ése es de cinco estrellas.