Cuando las listas aún no regulaban con autoridad el tráfico musical, conocí a un tipo tan enganchado a ellas que se inventó un fanzine sólo para publicarlas. Lo suyo era el pop español pero a poco que le gustasen tres o cuatro cositas de fuera con particularidades comunes, imprimía veinte folios donde meter todas ellas con sus números consecutivos. Y no solo música; su obsesión le llevó a catalogar ciclistas de montaña o museos del mundo. Ignoro lo que piensa la gente acerca de que los críticos hagamos listas. Hay de todo, desde los que esperan cariño a los que buscan provocación o, simplemente, ejercitan su memoria con el fin de defender mejor sus opiniones. En mi caso, acudo habitualmente a ellas porque me resulta útil alinear cosas y gentes en la cabeza. Algún psicólogo diría que es el remedio inconsciente a mi tendencia a perderme.

El caso es que ando estas semanas elaborando una que iré despedazando y subiendo poco a poco en bloques de diez. Cincuenta canciones nacionales. No las mejores, ni las que más escuche, ni siquiera las más emblemáticas. No estará “La leyenda del tiempo”, por ejemplo. Simplemente cincuenta canciones nacionales. Entonces, ¿podría figurar cualquiera? Ni mucho menos, sólo podrían ser estas. Adelanto que “Perdóname luna”, de Las Migas, en un par de meses se ha ganado un sitio en el grupo. Por ahora, la única de este año. Hermosa a rabiar  y de ejemplar discreción, me fascina incluso saber que no alterará el rumbo de las tendencias. Que seguirá ahí aunque caigan mil chaparrones y demos catorce vueltas de tuerca. Y así hasta cincuenta canciones.

“Perdóname luna” sabe a aceituna dulce, si es que acaso existen. Y no pidan que me extienda mucho más. No consumo flamenco ni sé distinguir los palos, aunque nunca he dejado de poner el oído aquí y allá esperando un quejido que me pellizque las tripas. Ocurrió dos o tres veces, no más. La más traumática fue aquella noche que “Nuevo día” me dio de lleno en la cara. Recuerdo a Lole y Manuel en la tele en blanco y negro como una experiencia casi terrorífica. Cuando tienes seis años, las muestras de exacerbada pasión se ven como sufrimiento.

Pero no estaríamos aquí hablando de flamenco, ni siquiera de una poesía ligada a la pureza de Lorca, sin la catalana Silvia Pérez por medio. Para mí, su voz será La Voz de este otoño. Ignoro por completo si es la mejor o no hace sombra a las grandes, pero desde el primer momento la vi como la sublime culminación de la naturalidad. Seguro que sin querer. “Perdóname luna” –mi favorita de “Reinas del Matute”, publicado en Nuevos Medios- rebosa cariño, que se siente en la piel mucho antes de llegar al cerebro. Su voz induce al desgarro, pero en el momento cumbre sabe evitar el sentimiento violento. Un fantástico equilibrio de pasiones y caricias que Raül Fernández parece haber entendido al dedillo. Y no es fácil. Porque, si “Perdóname luna” ametralla con dulzura el corazón, la culpa es tanto de sus matices como de sus argumentos. Me quedo con un arreglo soberbio. Acertadísimo ese nido de violines que, cual Michael Nyman edición de bolsillo, predice tormenta en mitad de la calma.

Por ahora son pequeñas, pero Las Migas –Silvia, Isabelle, Marta y Lisa– merecen un escenario mayor. El más grande para ellas. Y una lista entera si hace falta.