Hay olas que se aprovechan inconscientemente y olas a las que prefieres sumarte cuando la marejada toma cuerpo y la secuencia conforma una película propia, sin cortes. En tiempos donde la prudencia cotiza a la baja lo segundo resulta sospechoso y hasta un poco insólito, pero hace tiempo que dejamos de pedir cómo vivir nuestra propia aventura. “Alegranza” (Discos Océano, 2007), con el loco impulso y la marea de buenas ideas pululando a sus anchas, ayudó a desperezar un paisaje local que a menudo sigue pareciendo inhóspito, sea en el tedio del hogar o en el trámite del escenario. Pero observando con perspectiva ese disco tenía sobre todo “Palmitos Park”, un Crusoe –hasta ayer- del pop español que venía a reformular el concepto de canción estival, de candidata a copar el primer puesto en el hipotético país de las radio-fórmulas de nunca jamás. El resto quedaba abocado a la retórica conceptual, estilística, y a la necesidad vehemente de desatar un torbellino draconiano de más ruido que nueces. Aquella canción destacaba demasiado sobre las demás. Era tierra firme en mitad de un –apabullante- espejismo, y podía convertirse a la postre en la anecdótica muestra de un talento dotado para otras empresas, tan audaces como más resueltas, que corriese el riesgo de quedar encasillado en una suerte de funcionario post-tropicalista, de fino estilista imperturbable.

Sin embargo, los que pensábamos así (¿así?) hemos tenido nuestra ¿imprevista? recompensa. “Palmitos” ya tiene una progenie –que nada y reflexiona con sus propios recursos- a la altura de semejante himno. Pablo Díaz-Reixa se ha echado atrás la capucha y ha decidido mostrarse sin artificios ni coartadas innecesarias. Emocionado y emocionante: directo al pop. Nueve maneras de demostrar que aquí bulle un autor preocupado más que nunca y ante todo por el poder de las canciones, por la melodía y sus implícitas resonancias, por convertirse en un compositor de enjundia, accesible e inteligente, descubriéndose en un hueco de la posteridad más allá del hype, esa que habla del poder inmanente de lo popular. “Pop negro” (Young Turks, 2010), de certero y sugerente título que nos devuelve un sinfín de reminiscencias, es el manifiesto de la concreción después de noches vertiginosas e inacabables, la puesta de largo –otra vez- de un artista cada día más capacitado junto al micrófono, más expresivo, expansivo y convincente, borrando de un plumazo cualquier atisbo de escepticismo. La versión en cinemascope, “plástica y valiente”-, del canario; la pica en un verano que se niega a remitir, con planteamientos, nudos y desenlaces, sin derivas y aprovechando puerto. La afinada aplicación a las enseñanzas de “Piratas de Sudamérica”, el esparrin que le ajustó a lo telúrico para volver a navegar más libre que nunca, más sabio.

Todo ello sin perder las señas de identidad y apropiándose -en consonancia- de más, con el fin de coronar su visión mutante y enfebrecida en una síntesis perfecta entre la vanguardia y las herencias más dispares, entre lírica y ritmo: el viaje de ida y vuelta, lo antillano frotándose con el viento de África, el globo sonda -para los más perezosos- de Animal Collective (“Guetto fácil”) apareado con el prurito kitch de Gary Low (“Danza invinto”), el ska (“Soca de eclipse”) o el smooth soul convergiendo en Radio Futura (“Muerte midi”).

“Muchas veces quieres pero nunca acabas siendo quien tú eres”, alega, entre el reto y la conclusión, surcando alegre pero con suficiente respeto a descuidar la ropa. No caben este tipo de temores: este es EL disco de El Guincho, su versión definitiva. Para tirarse de cabeza. Hay cuerda.