50. “Vientos de Badajoz” (Bach Is Dead) 1992

Diciembre de 1992. Año cero. En la sala Siroco de Madrid se celebra lo que iba a ser el primer festival indie nacional. Entonces, eso de indie sólo se utilizaba para identificar a la escuela inglesa. Hablábamos de noise-pop y sacábamos los codos para coger sitio en primera fila. Bailo pogo confundiendo, como no, el culo con las témporas. Entrañable. Van tocando (en dos días) El Regalo de Silvia, Penelope Trip y Usura, pero Bach Is Dead no llegan. Se rumorea que ha sido un accidente de coche, pero nadie lo confirma. Como inútil consuelo, les quedará el honor de ser el primer grupo indie en caerse de un cartel. Hace poco lo comentaba con David, quien actualmente comparte su tiempo con La Bien Querida. Entre uno y otro artista se escribe toda una historia.

Desaparecieron como habían llegado. Haciendo ruido. No noise-pop, sino ruido. Daban pistas: un grupo al que le gustaban por igual Wire y los Residents y sonaban como curriquis de barrio debía de tener algo de inconsistencia primitiva, de hilo del que tirar en momentos de probable autocomplacencia. Pero me temo que esto entonces daba un poco igual, esforzados como estábamos entre todos en crear una escena, en reconocernos en cada grupo que saliera. “Todos estamos en el mismo barco”, llegó a regañarme un conocido locutor de radio ante mis malos modos –inoperantes e inoportunos, todo sea dicho- con la pluma. Me temo que Bach Is Dead no hubiera encajado en aquel buenrrollismo. Alguna crítica llegué a leer despreciándolos porque sonaban mal. ¡Qué valor! Ahora se puede decir: primera y única vez que el noise-pop de aquí (bueno, de Sant Feliu de Llobregat) se atrevió a sacar su “lengua de perro repugnante” (“Vientos de Badajoz”). Y uno que creía que de eso se trataba… De ahí lo del pogo, supongo.

49. “Alta tensión” (Nacha Pop) 1982

Empujan y empujan para salir de la lista, para desaparecer de mis cincuenta, pero hay algo que lo impide. Nunca fui fan de Nacha Pop, detesto “La chica de ayer”, no me caía bien el grupo, prefiero no acordarme de la entrada en lo latino de Nacho García Vega y, sinceramente, Antonio Vega en solitario me duerme. Y aún así me niego a sacarles de la lista. La culpa es de “Buena disposición”, mi disco favorito de power-pop, con permiso de los dos primeros de La Granja.

Con quince años las letras me daban igual. Hacía un ejercicio de abstracción y como si cantaran en chino. La música era todo. Y eso, pasados unos años, les vino bien a los dos primos de Madrid. Pero un buen día me pongo a leer la carpeta y, aburrido, descubro que las canciones también cuentan cosas. ¡Gran putada, Nacho! La moral por los suelos. Eran más que tontorronas y de patio de colegio: sus ligeras ínfulas siempre estaban por encima de la situación descrita. Desde Mallorca, “Los chicos quieren diversión” también lucían su acné sin pudor, pero –aparte de oler a REM en el año en que REM era el mejor grupo del mundo- portaba un juvenilismo contagioso sin falsas ambiciones. Comparta número con ese “Alta tensión” de un Antonio Vega enganchado por penúltima vez a las descargas del amor efervescente.

48. “Me quedaré soltera” (Cecilia) 1973

Autora de la Gran Antología del Bajón Vital. A Evangelina Sobredo hay que entenderla como una cantante medieval, como una monja de privilegios y discretas escapadas, para saber perdonarla y ahuyentar, de paso, el mal fario que desprende. Insistente cantora de la pequeñez, las despedidas con plomo y el amor expuesto de manera incomprensible, se empeñó -hasta conseguirlo- que la humildad se viera como el mejor don que tenemos los mindundis. Todo muy cristiano. Con Me quedaré soltera” consiguió una de las mejores descripciones de la miseria tradicional de la España de charanga y pandereta. Me la quedo: con la cantidad de canciones inodoras que hay, aprendí a no tirar a la basura las que trasmitían olores de manera magistral, aunque para tragármelas tuviera que taparme la nariz. Esta apesta a humedad de casa cerrada. Sólo cuando la restauraron y abrieron el portón para ventilar, llegó Le Mans con un “Aquí vivía yo” por delante.

47. “Llegará octubre” (El Pecho de Andy) 1987

Estaban en el sitio correcto en el momento justo. La nueva ola había devenido en un latinismo de factura bochornosa donde, quizás solo Radio Futura, pudieron mirar a los ojos de la gente sin del todo avergonzarse. Pero ni esas. Yo nunca me he sentido latino, sino noruego. Y, aunque para confirmarme, me fuera un breve tiempo a aquel país a congelarme, antes ya me había enfriado el cuerpo con grupos que sonaban a The Cure o The Church. El Pecho de Andy eran distintos. Me invadió su generosa musicalidad. Fue un momento importante de mi work in progress como oyente. Pero enseguida la abandoné al darme cuenta que había chicas más guapas más allá de los Pirineos. “Llegará octubre” -y sus chicos del pantano que ya no amontonan más carbón- se me volvió un poco lánguida, poco hit para sacar pecho con su sobriedad lírica tras la resaca cultural de la nueva ola. Hace unos días me la encontré de nuevo en la estantería. No procedía decirle lo injusto que había sido con ella. Como una novia que abandoné por abulia y, trascurrido mucho tiempo, nos encontramos haciendo las compras de Navidad. Mi paquetito apenas podía competir con sus rebosantes bolsas. Creo que cuatro. Ella estuvo jodidamente natural, con esa sonrisa que solo tienen los que esperan, sin muchas prisas, que la vida les regale una mejor recompensa que la simple justicia poética. Pues eso.

46. “Canción de palacio 7” (Nacho Vegas) 2003

Las canciones de Nacho… Me he impuesto mil caracteres y ya he desperdiciado ochenta. ¿Síndrome Vegas? Mejor maticemos. Hubo un tiempo que creí que Nacho amontonaba paja para pillarnos desprevenidos con un verso de cojones. Como una manera de medir el timing de sus canciones. De escoger el momento de sus picos. Siempre vi en sus canciones orgullo exhibicionista, como muchos autores con desfile de fans. Pero Nacho lo manejaba con muchas tablas. Es difícil levantar una canción con la firmeza y detalles de “En la sed mortal”, pero incluso lo es más construir un palacio de papel donde perfeccionar su aura, la que vigiló sus pasos, sus gestos, sus letras y sus leyendas. Volviéndola a escuchar, parece que “Canción de palacio 7” se sabía la última resistencia al stadium folk.

Necesitamos una biografía –seria y no amarilla- sobre Nacho Vegas. Pero no por dar sentido a actos inexplicables ni señalar los excesos de una época que nos condicionó a algunos, sino por terminar de echar luz sobre ese supuesto socavón que separa a la persona del personaje, como si esa diferencia no estuviera presente en todos los que sacan lo privado a lo público. ¿Mucho personaje? Pues créanme que ni siquiera le veo imaginando su epitafio. Le llamaban maldito y él sonreía de manera socarrona, no ocultando una cierta vanidad de alguien a quien los pecados capitales más carnosos le tiraban más que los suicidas del París decimonónico.