Hace un par de años le preguntaron a Michael Gira sobre la posibilidad de hacer un monstruo de Frankenstein con los retales de Swans y su “no” atronó como los de la época de “Children Of God”, cuando Gira comía periodistas y, a tenor de la cara con que hacía la digestión, me temo que no le sentaban bien. Grupo muerto y enterrado desde 1996: el hombre de hierro tenía mejores cosas que hacer.

Y de repente resulta que vuelven Swans. Pero lo peor no es que la palabra de Dios resultara tan falsa como la del resto de mortales, lo cual cabía esperar. Lo que más cuesta tragar son las justificaciones. Se me hace bola asumir que la experiencia puntual -y generalmente de rango místico- de un artista pueda con la coherencia de años. “Fue durante un concierto de Angels Of Light. El climax que alcanzamos me remontó a sensaciones que no había tenido desde Swans. Renació algo dentro de mí, algo que sólo había vivido un par de veces durante la existencia del grupo. Y quise revivirlas.” Discusión finalizada. Es lo que pasa cuando se apela a la experiencia intransferible como verdad de uno mismo. Lástima.

Creo que aburro a las cabras si vuelvo a decir que Swans fue y sigue siendo uno de mis grupos favoritos. Lo es por las mismas razones que lo fue Big Black. Ya lo dijo el Marqués de Sade y acabó confinado en un manicomio con sobrepeso descomunal: “la mejor manera de repudiar el sadismo es temerlo de verdad, y para ello habrá que representarlo al más mínimo detalle”. “Cop” calcó estas palabras. No tengo duda: la mayor barbaridad que escuché. Un disco que instalaba un negativo de la anulación humana en la conciencia para aprender a temerlo y no revelarlo nunca. Hay quien piensa que la representación de la violencia incita a ella. En ese caso, “Raping A Slave” sería himno recurrente de violadores en serie y sádicos reincidentes. Tengo mis dudas. Eran otros ochenta; entonces sólo un grupo hizo sombra a los Swans como culminación del macho-power exento de vanidad escénica. Se llamaban Wiseblood y merecen una rehabilitación.

La noticia de este regreso me llegó acompañada de coletilla. Michael Gira había dado un telefonazo tanto a antiguos compinches (¡Norman Westberg!) como a nuevos socios para acometer con garantías el regreso de tamaña empresa. No valía cualquier momento de un pasado que todos –incluso Gira- creía superado. Había que meter el dedo justo en los días anteriores a que Jarboe irrumpiera en el grupo cual Yoko Ono en los Beatles. Pero, a pesar de la ambiciosa misión de recodarnos lo terroríficas que pueden llegar a ser las intenciones humanas, de “My Father Will Guide Me Up A Rope To The Sky” –el por qué de este texto suena a ensayo de Angels Of Light con disciplina prusiana- sólo podemos extraer sensaciones positivas. Imposible traernos aquellos años porque perdimos lo esencial por el camino: el odio.

Hace ya unos cuantos años entrevisté a Michael Gira. Me encontré a un hombre de carácter firme pero abierto a explicaciones. Reconocía a Bob Dylan como el artista inalcanzable y me recomendó la lectura de “Última salida para Brooklyn”, de Hubert Selby Jr.. Corrí a por una copia y encontré una amarillenta. La pagué y la devoré. Me reconfortó comprobar cómo su reciente dulzura como músico no había mermado su sensibilidad con las sensaciones fuertes. Porque desde que Michael Gira tendió la mano a su padre en el disco “How I Loved You”, su voz cambió de registro. Se la notaba cansada, pero por fin aliviada. Tanto que por fin sintió esas fuerzas necesarias para poder aportar algo al otro lado de la línea generacional.

Me guardo un pequeño reto cuando cumpla los sesenta. Ir en busca de Saoirse y preguntar por su padre. Me apetece imaginar que tocará la guitarra con una paciencia heredada. Y entonces algunos recordarán su debut, con apenas tres años, acompañando al micro a Devendra Banhart en el regreso de papá. Definitivamente, creo que estamos ante el punto y final de una reconciliación. La única que es necesaria para alcanzar de una vez la paz consigo mismo. Afortunado.