Cuando un grupo tiene en sus filas a un técnico de efectos con cintas de cassette, G. Lucas Crane, piensas que muy cristiano no puede ser. Luego descubres que van por el quinto LP con las mismas manías y sigues sin hacerles caso. El fundador, guitarrista y voz, Jeremy Earl, comparte la creatividad compositora con un genio multi-instrumentalista, Jarvis Taveniere, y empiezas a sospechar algo serio. Y claro, finalmente oyes “At Echo Lake” (2010, Woodsist) de Woods y te quedas atónito ante semejante derroche de melodías. Entonces, y sólo entonces, empiezas a cuestionarte su razón de ser, sobre todo porque la sucesión de descubrimientos ha sido en el sentido contrario al redactado.

A Jeremy, Jarvis y G. Lucas les acompaña el bajista Kevin Morby. Habían sido ya encumbrados por su anterior obra “Songs of Shame” del año pasado, un álbum más psicodélico y académico y, por tanto, más valorado por los medios “oficiales” del indismo. Sin embargo, “At Echo Lake” es más concreto, más preciso y, sobre todo, más honesto, aunque el sonido a lata persiste desde 2006 con un disco al año, a destacar su debut “How to Survive/In The Woods” en la línea de Will Oldham. Hablar de discos es hablar en términos generalistas, porque las ediciones son variopintas: cintas de cassettes, CDs, digital y vinilos son los soportes que comparten sus canciones.

Woods aglutinan todas las actitudes del fracaso buscado, del amateurismo, ajenos o enfrentados al mainstream; distribuyen poca información, Jeremy Earl autoedita a traves de su sello Woodsist, esconden sus canciones con esmero en un lo-fi muy logrado gracias a los efectos del cassette de Crane, a los destellos de cacofonía y a la voz que parece filtrada por esos vasos-teléfono que hacíamos de pequeños. A pesar de las múltiples barreras que ponen para ocultarse del éxito y la fama, la perfecta secuenciación de canciones del disco y el alcance de las mismas vencen a esa manía del lo-fi sucio.

“Blood Dires Darker” da la cara cual mascarón, sin remilgos, estrofa y estribillo fáciles y directos, perduran para incitar al repeat, sobre todo cuando “Pick Up” enfría la euforia; bendito refrigerio. Y siguen para llegar a la cumbre con otros dos hitos: “Suffering Season” y “Time Fading Lines”, con sitar y coros invitados a cargo de Matt Valentine. Pronto te han cautivado y te dejas llevar por el resto de canciones del disco, desde el rock instrumental de “From The Horn” hasta el embaucador ritmo de “Death Rattles” (¿clásico instantáneo se dice?) o la melodía pregrabada para el despertador diario, “Mornin’ Time”.

Su razón de ser es sencilla, como sus propuestas. Nada de producciones ampulosas, ni un destello del virtuosismo musical que detentan, nada de asomarse al mercado, al sistema, a las promociones. Y quizás tengan razón. Muchas veces, por no decir siempre, el que pega el salto o asoma la cabeza, acaba mal parado y desarraigado, y eso si no le decapitan en el intento. Woods saben en qué división juegan y está claro que es la buena.