En 2008 fue Rokia Traoré. En la siguiente lista me pudo “Imidiwan”, melancolía sahariana a cargo de los tuareg Tinariwen. Este año ha sido el de la alianza afro-cubana de Eliades Ochoa y sus amigos de Mali. Advierto por la secuencia que ese tran-tran perezoso que recibo desde el Trópico está metabolizando sin efectos perniciosos. La lista de este año tiene un itinerario curioso: empezamos meneando las caderas con legañas en los ojos y terminamos frotándolos ante la exhibición de un carnaval diferente. De La Habana a Puerto Príncipe, sin entender de atajos ni líneas rectas.

Ballaké Sissoko & Vincent Segal. “Chamber Music”

La kora tiene un encanto cegador, pero su uso indiscriminado puede provocar lo que algunos retóricos llamarían “empacho de belleza”. Vamos, que deja de ser bonito para cargar cosa mala. Menos galardonado que Toumani Diabaté, Ballaké Sissoko se apoya en el violonchelista francés Vincent Segal para hacer melancolía de alcoba en el estado africano con la mayor densidad de místicos con instrumento.

Varios. “Free Africa”

África post-colonial desde la imaginación francesa. El texto parece claro: estamos orgullosos de que nuestra estancia allí hubiera servido para que aquella nueva masa de ciudadanos libres creyeran en un sonido propio aprovechando lo que también aprendieron de nosotros. Quedémonos con que en los sesenta debía haber tantas orquestas en Addis Abeba o Dakar como en el propio París. Durante el minutaje de estos cuatro cedés se divisa la progresión desde 1967 hasta hoy. Música cálida. Olvídense de los rebeldes del golfo…

Ebo Taylor. “Love And Death”

Rebeldes como Ebo Taylor, al que los jefes de Strut han querido colocar en el año 2010 como el pasado hicieran con el etíope Mulatu Astatke. Se limpia el sonido tratando de no perder la mínima vibración de aquellos años en Ghana. “Love And Death” –la canción- quita el hipo.

Tabu Ley Rochereau “The Voice Of Lightness”

Este mismo año se publicaba el segundo volumen de la obra de Franco Luambo, ese tipo bonachón dueño de una sonrisa que cautivó al régimen congoleño. Dicen que llegó a tener más vespas que una cuadrilla de mods. Después del primer recopilatorio, ya no me compré el segundo. Prefería esperar a que la disquera Stern’s se acordara de Tabu Ley Rochereau –menos virtuoso y más populachero- a la hora de seguir recuperando a los ídolos de la rumba congoleña.

Varios. “Next Stop… Soweto”

“Graceland” no hubiera existido si Paul Simon no hubiera programado su safari en los arrabales de Johannesburgo. La primera parada fue “The Indestructible Beat Of Soweto”, incluso editado en España a finales de los ochenta. Uno de los grooves más contagiosos del continente.

Tamikrest. “Adagh”

Ya podemos empezar a hablar de la Saga del Desierto. Y si Tinariwen son los Rolling Stones -con sus múltiples personalidades y hazañas-, Tamikrest -guiado por un solo tuareg- parece el Donovan solitario del norte de Mali. Mainstream norteafricano.

Group Doueh “Beatte Harab”

Quítenle al Sahara el escaparate y no tengan miedo si las guitarras que suenan junto al polvo les recuerdan a algún prodigio psicodélico que se quedara sin grabar durante el apogeo de los ácidos.

Varios. “Palenque Palenque”

No se habló de champeta criolla hasta que algunos marineros africanos empezaron a llegar a la costa colombiana. En Cartagena se instalaron los picós (localismo de pick up), a imagen y semejanza de los sound systems jamaicanos. La que se montó fue buena. La rivalidad por tener el sonido más potente mandó a más de uno al cementerio. Mi recopilatorio favorito de este año.

Varios. “Rara in Haiti”

Vale que los de Soul Jazz Records se han cubierto de gloria con un espectacular libro que recopila fotografías de las calles de Haiti y sus procesiones animadas con cánticos vudú. A ojos más puros esto sería lo más parecido a una interpretación grotesca del mismo infierno. Valga que Bill Drummond elogia poco y con este libro se han caído sus defensas. También es de agradecer que hayan publicado un disco por si acaso no terminas de creerlo. Pero habría que recordar ese pedazo de caja publicada el año pasado (“Haiti. 1936-1937”) con más de seiscientos minutos de música grabados por el señor Alan Lomax como buenamente pudo. Entonces, ni la Segunda Guerra Mundial había entrado en la historia. Resulta emocionante comprobar cómo en ciertos rincones del mundo se han cuidado de no cometer tantísimos errores en otros tantos de siglos.