“This has been a version of the story of rock music. Rock & roll was never invented to be written about. It was invented to listen to, to dance by, to love with. Go to the music. Listen to it, from “Heartbreak Hotel” to whatever´s in the charts as you read. Listen to all that music and to Don McLean´s “American Pie” because THAT is the story of rock & roll” (último párrafo del libro “The Illustrated History Of Rock Music” de Jeremy Pascall).

“…Hace quince años, cantaba yo para los alumnos de tercer grado de las escuelas de New Rochelle. Uno de los casi chiquillos que estaba enfrente de mí era Don McLean. Si hubiera yo sabido que se iba a convertir en uno de los cantautores-autores de más talento que me he encontrado, me hubiera detenido, probablemente, en mitad de la canción, avergonzado. Don es justamente así. Un músico normal, lleno de talento, nada pretencioso, con mucho nervio y relajado, que intenta utilizar sus canciones para ayudar a la gente a sobrevivir en estos tiempos peligrosos. Lo pude conocer mejor como un cruzado voluntario a bordo del Sloop Clearwater (un pequeño buque llamado Clearwater) en 1969. Acarreando cuerdas y amarras de día, cantando cada noche en un puerto diferente y levantándose temprano, cada mañana, para limpiar la cubierta y volver a navegar de nuevo. Tiene una mirada clara e intensa, una voz clara y un cerebro claro” (Pete Seeger en la contraportada de “Tapestry”, primer álbum de Don McLean).

Ahora me toca a mí. Quiero decir algo muy serio y personal, así que ruego que se lea con tono de proclama: si tuviera que elegir un letrista que, después de Bob Dylan, más ha influido en mi forma de ser y pensar, la cosa estaría entre Randy Newman y Don McLean. Obviamente le conocí con el álbum “American Pie” a principios de 1972, pero después enseguida compré “Tapestry” gracias a su rauda recuperación por parte de Hispavox aquel mismo verano, y le seguí con puntualidad victoriana –tengo sus nueve primeros álbumes- durante el resto de la década.

Por seguir el orden cronológico natural, “Tapestry” merece un párrafo vista la mezcla de agravio y reconocimiento que ha padecido ante un sucesor tan popular. En estas once canciones planta McLean sus bases, que mezclan la herencia del juglar transformado en hobo –narraciones largas, mensaje, moraleja-, con el don preciado de la poesía –pluscuamperfecto en la rima sin pervertir el contenido- proyectándose multiplicado gracias a la voz de cristal y a su técnica con instrumentos tradicionales de cuerda como guitarra y banjo. Resulta casi imposible no emocionarse con el arpegio colosal de la canción “Tapestry” –por cierto mi himno ecologista favorito- o con casi toda la riqueza temática –la disparidad de oportunidades de Los Ángeles en “Magdalene Lane”, la justicia bífida de “Respectable” o la inmigración en “Orphans Of Wealth”– de una primera cara magistral. Lean los textos, sigan la rima y la melodía. Sí, es folk, pero ningún premio de periodismo le haría suficiente justicia. Y además, aparte de la vaporosa “Castles In The Air”, contenía la perla “And I Love You So”, tal como reconocieron Perry Como y Elvis Presley al incluirla en su repertorio.

Que “American Pie” es una de las composiciones más importantes del siglo XX ha quedado ampliamente documentado. Ese estribillo para cantar juntos haciendo piña, como recordando viejos tiempos , cuando la música aún vivía –entre estrofas repletas de guiños a nombres propios con nombres comunes y viceversa, describiendo todo lo que impulsó al nacimiento del rock & roll para un poco romperse con la muerte de Buddy Holly, y diseccionando el auge y caída del sueño hippy-, es conocido universalmente, y pienso que su popularidad no menguará mientras Norteamérica carezca de andamios más sólidos sobre los que edificar su identidad. Yo sin embargo me quito el sombrero ante esta estructura tan folk escupiendo lo que Don entiende por rock & roll. Me lo vuelvo a quitar con su rima. Y sobre todo me lo quito –haciendo una reverencia y enseñando el brillo esplendoroso de mi cartón- ante esa parte última, cuando se ralentiza –la tristeza que emana `I met a girl who sang the blues and I asked her for some happy news, but she just smiled and turned away´ es digna de estudiarse en una universidad creada específicamente para ello- para volver con un susurro, rebosando cariño, a reenganchar el estribillo.

Quienes no vivieron el boom de “American Pie” piensan que la canción fue el epicentro –un poco como “Maggie May” en relación a “Every Picture Tells A Story” de Rod Stewart– de un LP apañado para escoltarla. Falso en ambos casos. Tampoco sería justo confinarla a la mera función de punta de iceberg porque sería una punta del tamaño de Groenlandia, pero siempre me ha molestado el menosprecio al resto del álbum –salvo a “Vincent”, su gran éxito dedicado a Van Gogh-, tanto de sus canciones como de su entidad como obra de cohesión sobrenatural: el álbum más romántico jamás publicado, si sabemos percibirlo como el alegato de un hombre avasallado por una gran ola de sensibilidad fruto de su carácter introspectivo. Cada sílaba, cada quiebro vocal, cada verso es un eslabón más de una cadena poética sublime. Cuando entra la voz tras el piano en la demoledora “Crossroads” –el “My Way” de un perdedor-, las palabras arremeten tan suaves por fuera como sentidas por dentro. `I´ve got nothing on my mind, nothing to remember, nothing to forget/ I´ve got nothing to regret/ And I know that on the outside/ what I used to be I´m not/ anymore´. El terciopelo vocal con cada pausa templada simultáneamente por el piano, diagnosticando la más mortal de las enfermedades: el amor. `Can you remember who I was, can you still feel it, can you find my pain?/ Can you heal it?´ En serio, es un material solo superado después por “Blood On The Tracks” de Bob Dylan.

En la segunda cara, salvando un par de temas para refrescar, sigue el ascenso paulatino, retomando “Empty Chairs” el hilo arreglístico de “Vincent”. Preciosa composición con un estribillo de asimetría perfectamente engarzada –`and although you said you´d go/ until you did/ I never thought you would´– que deja al descubierto en la estrofa final toda la desazón que quema el alma tras una relación terminada: `morning comes and morning goes with no regret/ evening brings the memories I can´t forget/ empty rooms that echo as I climb the stairs/ end empty clothes that drape and fall on empty chairs´. No en vano “Empty Chairs” inspiró, por orden de la cantante Lori Lieberman tras asistir a un concierto de Don McLean, a Charles Fox y Norman Gimbel para componer “Killing Me Softly With His Song” a partir de unas notas de ella, llegando la versión de Roberta Flack después.

Se llega al sprint final con la cadenciosa “Sister Fatima” –ausente en la edición española por razones solo imputables a la paranoia del clero que, tras mutilar con un silbido patético el final de “American Pie” por la alusión a padre, hijo y espíritu santo, se encontró con una canción que no sabía si hablaba de una hermana vidente, prostituta, o de los tres secretos-, a la que sigue una “The Grave” tan pacifista como años atrás “The Unknown Soldier” de The Doors, sobre todo cuando Don, después de entrar a capella con una plegaria, se pone en la piel de un soldado aterrado en la trinchera, subiendo el tono de la melodía a medida que va narrando la atrocidad: `one after another his comrades were slaughtered/ in a morgue of marines, alone standing there/ he crouched ever lower, ever lower with fear/ they can´t let me die, they can´t let me die here/ I´ll cover myself with the mud and the earth/ I´ll cover myself, I know I´m not brave/ the earth, the earth/ the earth is my grave´. El sonido de su voz es indescriptible al pasar de la tercera a la primera persona, antes de que el grito deje paso al silencio; el comunicador por fin se libera, exhausto, ante la presión del poeta que lo atenaza.

No había manera mejor de perpetuar el vacío dejado por el final de esta canción que con la espiritualidad de la tradicional “Babylon”. Banjo y voces rezando. Sobrecogedor.

Feliz navidad.