Como cualquier chaval en medio de la adolescencia, yo también quise formar parte de una banda de rock. Éramos cinco y estábamos influidos por blues rock, Creedence Clearwater Revival y pop, cuando no las tres cosas juntas. Yo tocaba la batería. Compré la mía de segunda mano –una Honsuy modificada- por nueve mil pesetas en La Lonja Del Instrumento en el barrio de Gracia. La estrella era un plato con un sonido especial que una vez me pidieron prestado Pan Y Regaliz y del que nunca más supe. De cualquier manera, yo no era muy de platos. Me aburría si se trataba de tan solo seguir ritmo con caja y charles, divirtiéndome básicamente cuando podía especular –mal- con los juegos de graves –bombo y goliat o timbal- de “In-A-Gadda-Da-Vida” de Iron Butterfly. Los demás instrumentistas tampoco eran mucho mejores que yo –a algunos incluso les costaba hacer una cejilla con el  dedo índice- pero lo pasábamos bien. Ah, y teníamos una canción. Era NUESTRA canción, a pesar de contener la misma secuencia de acordes (sol-mi-re-la, creo) que otras doscientas mil. Se llamaba “Colours”.

Bien, pues “Runaway” me la recuerda. No importa que esté la novena en una cola impresionante de cortes –todos magníficos- de “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (Def Jam 2010). Refulge en seguida, nada más arrancar con ese piano –¿repetir un par de notas perezosamente puede colar como minimalismo?- que después queda sumergido en un colchón sintético típico de los arreglos de hip hop de hace veinte años –de todos los pelajes: De La Soul, PM Dawn, Backstreet Boys-, porque tiene el don pop del que otras obras más promocionables del álbum –aún conteniendo trazas de ByrdsThe TurtlesBlack Sabbath, Bon Iver o King Crimson– carecen. Y ya que se menciona al grupo de Robert Fripp, algo del tratamiento estelar de la guitarra en el tramo final del tema nos recuerda las famosas fripptronics, aunque yo –por vibraciones procedentes de un universo mucho más de color que el blancuzco británico- apostaría por poner en marcha el término princetronics.

También merece especial mención el tramo del video de media hora donde el artista –una vez esbozada su hermosa, oscura y retorcida fantasía con alusiones a la mitología del ave fénix- juega combinando lo blanco –el mantel del banquete, los trajes- con lo negro –los convidados afroamericanos, el vestido del ballet- de modo fascinante. El movimiento de las bailarinas, con movimientos abruptos al unísono combinados con pausas estáticas en tomas aéreas, asemeja el de un animal poliforme de la familia de los arácnidos al acecho. Y cuando una de ellas ejecuta movimientos sensuales propios del hip hop enfundada en su vestido de danza, quedan patentes todos los nexos y las divergencias entre los dos universos. Un video que sin querer –o queriendo: vamos a especular un poquito- evoca, auspiciado por el texto ambiguo –típico del hip hop machista: tómame como soy o lárgate-, aquella gala de MTV donde Kanye West le arrebató micro y protagonismo a la rubia Taylor Swift al entregarle el premio al mejor clip por “You Belong To Me” –86 millones de clicadas en youtube- para proclamar a los cuatro vientos que el mejor del mundo era uno de Beyoncé.

En cualquier caso, pasando de chulerías, “Runaway” engancha de mala manera.