La acepción pop tiene en la elasticidad la mejor de sus virtudes. Todo puede ser pop según se mire. Según la perspectiva. Según minuto, día y año. El pop es la gran serpiente redefiniendo a diario los síntomas de la música popular, que muda la piel y se adapta al terreno y al momento. Es la música que busca el consenso desde prismas distintos. Pop es fulano porque vende mucho. Y pop es mengano porque la estructura de sus canciones sigue la fórmula versos/estribillo/versos/estribillo/puente/estribillo. Pero pop es sobre todo el signo de los tiempos, la reacción tras la acción, la constatación del presente y de la hermosa experiencia de estar vivo para disfrutarlo.

No miento si digo que Martin Fry apareció liderando a ABC en 1981 como una revelación. La música popular venía de tiempos y sonidos duros que se arrastraban desde que la abordó el punk en 1976. Guitarras aguerridas, voces chirriantes y barullo suavizaron sus formas con el after punk en 1979. Primera reacción: se sublevan de tal modo los teclados que, a partir de 1980 no solo se cuestiona la supremacía de la guitarra, sino que se la desciende a segunda regional con el tecno pop. Como si todos los valores inoculados a sangre y fuego desde 1955 –bueno, salvo el paréntesis sinfónico entre 1972 y 1975- hubiesen acabado en la papelera.

De algún modo ABC, con su pop de cámara –no exento de funk aterciopelado-, venían a poner algunas cosas –no todas- en su sitio. O al menos plantar una bandera en esta tierra de nadie pre-rock & roll. Buenos trajes, grandes orquestaciones, lujo y elegancia por doquier, aprovechaban la ansia del tecno pop por crear un músico superior –los flequillos germánicos, etc- llevándole a territorio Sinatra. Obviamente hubieran quedado, sin su olfato recuperando la rítmica de guitarra negra y sin su portentoso despliegue compositor –aunque temporal-, en una versión Bublé de su tiempo.

“The Lexicon Of Love” (Neutron 1982) es una obra de envergadura, tanto por los singles de éxito que proporcionó como por su ambición conceptual. El amor que promueve sobrepasa los límites de la historia de una relación, hasta configurar lo que debería entenderse como tal por el hombre moderno entonces. Adiós a las tascas de los hippies, al calimocho en la calle de punk y ska; bienvenidos a los restaurantes de dos tenedores como lugar para asombrar a tu futura pareja. Mechas rubias en el flequillo, lamé, pajarita y la vida en rosa, recuperando la prestancia del galán Bowie de “Station To Station” –o de su primo hermano Bryan Ferry– con su voluptuosa pasión vocal, tanto si se trata de rítmicas cortantes de escuela negroide “Fame” –“Tears Are Not Enough”– como cuando cabalga sobre la orquesta pop, sea con yegua –“Poison Arrow” y “The Look Of Love” podrían traducirse entrelazando títulos: flechas de amor y miradas envenenadas- como –dramática “All Of My Heart”– con corcel blanco romántico. Cuatro singles que marcaron con letras doradas el destino del álbum. Cuatro singles para abrazar el pop sin claudicar a los caprichos de su concubina tecno.

La parte profesional corrió a cargo del entonces no tan experto productor Trevor Horn –antes de Malcolm Mc Laren y Frankie Goes To Hollywood– y de la aún no tan reputada  arreglista de cuerdas Anne Dudley –antes de Lloyd Cole, Pet Shop Boys, Electronic, Art Of Noise, Pulp y banda sonora de “The Full Monty”-, apostando por lo suntuoso y espectacular. Fue el gran momento de ABC, pues nunca después volverían a conseguir conjugar inspiración y vigencia en un mismo trabajo. Pop, pompa efímera y sonrisa eterna.