Confieso una doble intención malsana al escuchar este álbum, sabiendo que voy a escribir sobre él de antemano sí o sí. ¿Por qué? Pues porque tenía ganas locas de dejar caer aquí el nombre de uno de los grupos menos citados en lugar alguno durante los últimos cuarenta años, Rare Bird, practicantes de una suerte de rock progresivo melódico demasiado embarullado si no se tenía el caché de Procol Harum o la perseverancia de los Genesis iniciales.

Nada que ver –supongo- con los miembros de Heidi Spencer & The Rare Birds, autores de “Under Streetlight Glow” –también pájaros sobre cables en una portada que evoca otra de Dakota Suite-, uno de esos discos con voz femenina bonitos avalados por la siempre solvente Bella Union. Siguiendo los preceptos de la discográfica, se trabaja con materiales nobles –contrabajos y escobillas en “Alibi”– aportando señorío, con pinceladas desoladoras –el violín abrazando al piano en “Tried And True”– para conseguir que ambientación penetre. El momento diez llega quizá demasiado pronto, en la segunda canción, la que titula el álbum. Hay en ella, en los silencios creados entre cada acorde roto de acústicas, todo un universo de sinsabores que solo se perciben cuando la autora tiene lo que hay que tener. No obstante, esta precisa cualidad –la que te hace ir un poquito más allá de Inara George hasta casi tocar los sentimientos blues profundos de abandono ebrio de Mary Gauthier o Dayna Kurtz– es la que se echa un poco de menos en el resto del álbum. Ahora mismo hay demasiadas mujeres con currículo arty –pintoras, actrices de cine, modelos, fotógrafas, etc- metidas en el mundo de la música tal que Heidi Spencer –por cierto, en un video de “Alibi” la acompaña Stephanie Dosen– dando la impresión de haber recalado en los brazos de una guitarra como segunda opción, como refugio emocional, o como master para redondear su faceta multidisciplinar. Y esta saturación condiciona nuestro entusiasmo a la hora de encarar su por otra parte indiscutible talento.