
Pues claro que lo recuerdo, Juan. Es mi respuesta a la pregunta que hace Juan Cervera en su reseña de “Kaputt” de Destroyer en Rockdelux, cuando menciona “Silk Degrees” de Boz Scaggs como influencia mayor. ¡Cómo no voy a acordarme! Este disco y este autor, junto con unos cuantos más –Hall & Oates, Eric Burdon, Cate Brothers y Tom Moulton entre muchos otros: un informe tocho exhaustivo muy mal escrito- fueron los protagonistas del artículo sobre el soul blanco –blue eyed soul- con el que debuté periodísticamente en Vibraciones (nº 31, abril de 1977, Wilko Johnson en portada), la revista antecesora de Rockdelux iniciada por Ángel Casas con artículos de Frank Zappa y Leonard Cohen firmados por Constantino Romero. Curiosamente en aquel número Damián García Puig revisaba a Emerson Lake & Palmer, Jordi Beltrán rescataba el rock layetano y reseñaba “Hotel California”, Diego Manrique disertaba sobre Londres, J.M. Costa repasaba la actualidad, y nuestro contertulio ocasional Adrian Vogel contribuía en la sección de discos.
En 1976 Boz Scaggs no era un recién llegado pese a lo novedoso de su nombre en las esferas populares. Si alguien había seguido la primera parte de la carrera de Steve Miller, la que aportó el esencial “Sailor” en 1968 mucho antes que “The Joker”, “Fly Like An Eagle” y “Abracadabra”, a la fuerza conocía a Boz como guitarrista. Ambos llevaban años –de hecho casi toda la década de los 60- encontrándose y desencontrándose. Entre 1965 y 1975 este nativo de Canton (Ohio) había grabado una serie de álbumes emprendiendo la travesía desde el rock californiano producido por Glyn Johns –“Moments” y “Boz Scaggs & Band”- a los aires rhythm & blues sureños negroides –“My Time” se graba en Muscle Shoals- para decantarse por un productor de color –Johnny Bristol- en “Slow Dancer”. Un viaje sin retorno.
¿Qué tenía “Silk Degrees” que no tuviesen los seis anteriores? Como siempre, cuadrar el sonido adecuado en el momento preciso. Triunfaba la elegancia instrumental transmitiendo negrura aterciopelada, y en tales parámetros este álbum es imbatible. Desde que arranca con “What Can I Say”, se palpa en los quiebros de la voz –blanca o negra, reflejaba el soul de bar de copas lujoso-, en los coros y en la orquestación suntuosa, hasta el puente con los vientos acariciando, un mimo especial, que sigue con el falsete de “Georgia” y en “What Do You Want The Girl To Do?” de Allen Toussaint. Como mezclar el calor de Van Morrison con la sobriedad perfeccionista de unos Steely Dan que aún no habían publicado “Aja”. “Harbor Lights” cerraba preciosa con tono suave una primera cara sin mácula.
De la segunda, destaca de entrada el pulso del hit “Lowdown”, envolviendo un ronroneo vocal con mano firme hasta que éste se escapa rumbo a la estratosfera en compañía de vientos y orquesta. Le sigue una tan animada como melosa “It´s Over”. “Lido Shuffle” encara a modo de single elástico el tramo final antes de la bajada de persianas con un auténtico baladón, el archiconocido –por las versiones- “We´re All Alone”.
Un párrafo especial merecen también los músicos, tanto los principales (David Paich, Jeff Porcaro, David Hungate, Fred Tackett y Louie Shelton, los tres primeros formaron Toto por aquellas fechas) como los secundarios (vientos de Jim Horn, Tom Scott y Chuck Findley entre otros), o por ejemplo la voz acompañante de Jim Gilstrap, auténtico survivor que había regresado con “Swing Your Daddy” gracias al mecenazgo de Kenny Nolan y Bob Crewe (este último manager de Frankie Valli & The Four Seasons, ahora metido a productor de disco soul: “Lady Marmalade”, “Get Dancin´”, etc).
Jamás tras “Silk Degrees” consiguió Boz Scaggs el nivel de éste –yo lo he seguido esporádicamente comprando “Down Two Then Left”, “Middle Man” y “Other Roads”- y ni siquiera quienes le emularon en diseño y sensualidad, caso de Robert Palmer en Gran Bretaña con “Double Fun”, pudieron hacerle sombra. Como comparar a Humphrey Bogart con Roger Moore. No es lo mismo.