Máximo respeto para Kitchens Of Distinction. De hecho, si insertas su nombre en nuestro buscador, verás que a menudo son citados como referentes, y que a Patrick Fitzgerald –como tal o como Stephen Hero– no se le ha de perder la pista. Es lo mínimo exigible a un mundo que debería sentirse avergonzado de no reconocer en voz alta los méritos de esa grandísima banda disuelta en el más cruel anonimato.

Kitchens Of Distinction crearon pasajes de música de guitarras muy intensa, probablemente la más intensa de aquellos años si obviamos a Sonic Youth. Esos acordes tan glaciales como eléctricos, siguiendo la senda marcada por LiverpoolEcho & The Bunnymen, The Teardrop Explodes– y pavimentados por The Sound y The Chamaleons rumbo al shoegaze, escalaban montañas, gritaban una vez en lo alto, y provocaban el alud torrencial de emociones consiguientes. Íntimos y gigantescos en una misma canción. Tengo sus cuatro álbumes y, dato importante, me cuesta decidirme por uno. Patrick (nacido en Suiza), Julian Swales (el único inglés original) y Daniel Goodwin (nacido en Salamanca) sin embargo vieron como sus discos fueron ignorados mayoritariamente una vez tras otra. Ahora mismo, escuchando “Mad As Snow” –o “Gone World Gone”– de su tercero “The Death Of Cool” (One Little Indian 1992), sigo apelando a una supuesta justicia divina para rescatarlos. Quizás la justicia divina se desentendió, ofendida por las proclamas gays. Quizás debieron pasar de todo y dedicarse en serio a su afición por las versiones de glam y Abba como Toilets Of Destruction. No sé.

El caso es que el cuarto, “Cowboys And Aliens” –que no ha de confundirse con la película del mismo título por estrenar el próximo verano-, irrumpió con aires de última oportunidad. Incluso la discográfica hizo un ademán –simbólico más que costoso- de dar un giro –se fue el productor Hugh Jones que ordenó su sonido- con la presencia de Pascal Gabriel –quien empezó con Marc Almond, pasó una etapa bailonga con S´Express y Bomb The Bass, para centrarse durante este siglo casi exclusivamente en voces femeninas- en tres canciones. No me pregunten dónde, pero se nota en el álbum –flota- la sensación de una apuesta extrema a todo o nada. Por unos instantes, si te descuidas tras las dos primeras perlas –“Sand On Fire” y una “Get Over Yourself” cuyo estribillo me recuerda, y no es el único ni tampoco lo digo en tono peyorativo, a José Luis Perales-, corres el riesgo de no encontrar la llave de entrada. Porque es a partir de la sexta –“Remember Me?”– cuando se despega sobre ese arpegio sobrenatural para crecer como una de las obras más profundamente románticas –más dramáticamente románticas, añadiría- de la década de los 90 –y porque lo bueno de The Triffids sucedió en la anterior, que si no…-, apurando tanto en textos –sometimes I lie shaken awake/ blistered with crazy thoughts of you, canta en una estremecedora “One Of Those Sometimes Is Now” que se retuerce en su final de órdago- como en recursos musicales –ese bajo New Order respaldado por los coros y la rítmica descocada en “Here Come The Swans”– o estribillos sublimes como “Now It´s Time To Say Goodbye”. Y además con el latiguillo enarbolado a lo largo de su carrera defendiendo la supremacía de la guitarra: no one played keyboards. Un disco, en definitiva, para morir por él. I want to die really really living. Fabuloso epitafio.