No sé dónde está Bill Callahan. Se encontrará descansando en algún hueco entre la nota de diez y la que viene después. O puede que su voz nos llegue desde el país en que las canciones se forman con plastilina y hasta un niño de seis años puede moldear la figurilla más bárbara. Porque aquí esto no es normal. Algunos convenimos en su día que lo que se decía en “Sometimes I Wish We Were An Eagle” no podía asimilarse del todo sin tener en cuenta la forma en que se contaba. En un solo movimiento, Callahan había fundido composición e interpretación para sumar más del doble. Había ejecutado el jaque mate maestro sobre el tablero de ajedrez. Había llegado a la cima. Más arriba ya no hay nada que pueda agarrarse con los dedos. Dicen que más allá de la jugada pefecta solo cabe la ilusión que permita la locura. Más allá de aquel “Too Many Birds” –con su estructura aditiva, escalonada, geométrica… con su letra de fábula infantil sin moraleja, o con mil- solo queda la ausencia de previsión, la sorpresa final, la canción pop como nunca imaginamos.

No conozco las limitaciones de Bill Callahan. Con las mías desayuno, como y ceno. Cuando no encuentro fisuras que me inspiren una duda, me desvanezco en delirios que igual solo entiendo yo. Disculpen. Intentaré relajarme. Diré que “Apocallypse” es la pirueta –puede que gratuita para algunos- que podría sucederse tras coronar una cima donde el oxígeno disponible es el que traigas contigo. Mejorar su anterior disco es tarea de testarudos. Pero hacer sentirte mejor es competencia de genios. Callahan lo es. Desde siempre, pero ahora además ejerce de ello. Por eso se puede permitir que “Apocallypse” no sea un disco de simetría perfecta ni se sostenga en pie con una coherencia lírica. Será su obra menos matemática, y también la más jazz sin ser un disco de jazz. Su “Astral Weeks”.

Esto es el campo y no hay vallas. Aquí no encontraremos una canción-escalera como “Too Many Birds”, ni una depuración de sus abiertas parábolas. No se trata de que el texto encaje al milímetro en la horma de su zapato. Ahora toca imaginar. Yo le veo con un saco de ideas –de cuatro o cinco palabras- que las va lanzando al aire. Su voz las caza al vuelo y se desliza por ellas aprovechando unos acordes de guitarra que entran y salen del guión según va pidiendo el cuerpo. A veces, la voz ataca con nervio (“Drover”), otras con su atractiva indolencia (“Baby’s Breath”). Invocando a la que seguirá siendo su casa (“America!”) o improvisando el registro (“Universal Applicant”). Tocando techo de nuevo (“Riding For The Feeling”, hermanada con “Sweet Thing”), tumbándose a la bartola sin que nadie le reproche (“Free’s”) o despidiéndose con un sigilo que eché de menos cuando caía el telón en el anterior trabajo. Me inquietó esa recarga de arreglos (“Faith/Void”) que podía adelantar sus planes para el futuro. Ahora ha hecho lo que no esperaba nadie: su disco más natural. Arisco como es él. Y dulce como igual es.

No sé dónde está Bill Callahan, aunque le sigo buscando. Incluso cuando he perdido el trayecto de la ruta. Ahora solo siento el placer por pasear. Y un empeño (¿delirante?) por imaginar qué pretende en cada verso. Qué busca con cada pausa. Y en qué lugar secreto se cita cada noche con el maestro Van Morrison.