Cuando hace unas semanas se discutió este nuevo trabajo “Smoke Ring For My Halo” (Matador 2011) en un post anterior de Kurt Vile, con dos posturas diferenciadas –hipnótico frente a plano-, no podía yo pensar que estaría de acuerdo con ambas.

Lo que más impresiona de entrada es el predominio de un sonido acústico con reminiscencias reconocibles de los nineties. Arpegios líquidos donde incluso se escucha el paso por las cuerdas de la yema de una nota a otra: con John Agnello en la producción –Dinosaur Jr, Screaming Trees, Buffalo Tom, Varnaline, Son Volt, The Walkmen-, cae por su peso la comparación con los primeros discos en solitario de Mark Lanegan, a quien John produjo “Whiskey For The Holy Ghost”. Unos meandros acústicos muy definidos –sobretodo en el parecido entre “Baby´s Arms” y “Runner Ups”– que podrían venderse como novedosos si Vile no se hubiese doctorado en tal materia incluso antes de grabar su primer álbum, creando un clima de relajo atípico, casi fumado, recordándome un disco hoy olvidadísimo –“Fifth Column”– que cayó en mis manos cuando se publicó a principios de 2004 –onda Julian Cope acústico- de un escocés llamado Tom Bauchop que trabajaba bajo el alias de U.N.P.O.C. Cabría de hecho adjudicar parte del mérito de esos ecos de guitarra acústica en forma de telaraña que vibra con la brisa a su grupo The Violators, donde milita su socio Adam Granduciel de The War On Drugs.

Tal poder cautivador ciertamente hipnotiza –procuro utilizar el verbo de los comments- pero a la vez crea una perspectiva lineal paralela donde poco se mueve de una canción a otra –ni sube ni baja la agresividad-, ni siquiera en “Jesus Fever” grabado en lugar distinto. Canciones que piden a gritos, sin gritar, más gritos. Esta vez el Kurt poeta viste de terciopelo su vulnerabilidad en vez de rebelarse contra ella. Lame sus heridas –que las hay: no hay más que fijarse en el epílogo tan Matt Elliott-, calmado, sin aspavientos –todo lo más algún recitado tipo Lou Reed, como en “Puppet To The Man”-, siempre en primera persona y parapetado tras una melena que ejerce de envidia de alopécicos –la portada también es muy de apadrinado de Agnello– y de faro para todos los desorientados emergentes. Definitivamente no va para Jim Morrison, pero pocos discos encontraremos este año que hablen desde las entrañas de un artista con un discurso tan bien articulado –¿trabajo conceptual?- en texto y música, envolviendo en un mismo anillo de humo, en la misma bocanada, resoplidos de frustración y actitud.