Seis años atrás me interesé por lo que hacían The Memory Band porque en su elenco figuraban nombres como Polly Paulusma y Adem Ilhan. La primera acababa de publicar en 2004 “Scissors In My Pocket”, un álbum que animaba a seguirla, mientras Adem también desdoblaba en solitario una trayectoria puente a caballo entere el folk y los experimentos junto a su amigo Kieran Hebden en Four Tet (la perspectiva mestiza de ambos en primer plano genealógico: Adem de origen turco, Kieran de origen hindú).

En cualquier caso, pese a influencias ansiosas por probar cosas nuevas de algunos colaboradores que podían escorar el estilo de aquel “The Memory Band” (Hungry Hill 2004) a linderos de psicodelia y folktrónica, en el estilo del grupo primaba la ascendencia folk de su cabecilla Stephen Cracknell. Durante los años transcurridos desde entonces hasta este tercer trabajo “Oh My Days” (Hungry Hill 2010), algunas cosas han cambiado en el sector: las guitarras acústicas ya no necesitan imperiosamente de la electrónica para hacerse valer –Tunng, amigos de Stephen, y Lali Puna parecen superados- sino que pueden reivindicar sus raíces sin pudor. Incluso puntúa, como contrapunto, buscar refuerzos vocales soul en pos de inyecciones carnales –Liam Bailey en “Demon Days” y “Come Wander With Me”, esta última versión de un clásico de “Dimensión Desconocida” también recuperado últimamente por British Sea Power en el largo “Man Of Aran”– o rodearse de encantadoras féminas blancas –bribón- con cierto arte para lo negro –Jess Roberts en el grueso del disco, Dot Allison en “Some Things You Just Can´t Hide”– obteniendo un efecto no demasiado alejado –sin los textos reivindicativos- de la exitosa Tracey Chapman inicial. Otros colaboradores notables son el guitarrista Pete Greenwood o Sam Genders –de Tunng-, quedando los especialistas Sam Carter y Nancy Wallace para los tramos donde se requieren mayores dotes de folk (destaca la versión de “By The Time It Gets dark”, oscuro tema de Sandy Denny).

“Oh My Days” en resumen suena menos manipulado, optando por instrumentación y arreglos naturales. Aún así, entre los banjos y las slides y el glockenspiel, el instinto de Cracknell no puede disimular ciertos ribetes psicodélicos como sello personal de un currículo donde una de las reglas básicas –reflejada en la intensidad opiácea de “The Snake”– dice que la verdadera psicodelia, la original, era acústica y venía del folk.