Siempre me ha asombrado que unos acordes tan sencillos como los del blues hayan conseguido semejante trascendencia en la música del siglo XX. Claro que la sencillez depende del punto de vista, y no opinaría lo mismo de una canción de John Lee Hooker un músico de Viena del siglo XVIII que un indio guaraní. Lo de la trascendencia en cambio es innegable, pues no podemos soslayar su reflejo en casi todos los sonidos creados durante los últimos tres cuartos de siglo.

Aunque el blues asoma la nariz disfrazado de mil formas y colores –de P.J. Harvey a Destroyer, del R&B al pop-, cuando se presenta en estado semipuro, con el perfil nítido, se siente mejor su pegada. Y podríamos aquí empezar a establecer comparaciones –por pureza, por longitud de canciones, por actitud- entre las diatribas de Arbouretum y las de Endless Boogie pero, aún siendo la misma fuente, beben en remansos distintos del río.

A mí me fascina el sonido de Arbouretum. Desde que escuché hace cuatro años su segundo álbum “Rites Of Uncovering”, impregnado de una atmósfera densa y pesada: blues pasado por la batidora de un Neil Young eléctrico y tensado a cámara lenta, sin dejar que la electricidad se coma los acordes como en el caso de Dinosaur Jr., pero a la vez manteniendo intacto el tonelaje de intensidad. Duros y melódicos a la vez –porque en el fondo sus composiciones se edifican sobre un andamio folk-, tremendamente contundentes.

Con solo siete pieza más bien largas –el cierre con “Song Of The Nile” sobrepasa los doce minutos-, algunas de ellas más forjadas desde una progresión de guitarra infinita que desde el formato canción –se puede imaginar un punto equidistante entre los primeros Black Sabbath y los últimos Midlake en “Destroying To Save”-, y una coletilla conceptual basada en el “Libro Rojo” de Jung, destaca sobremanera en este cuarto “The Gathering” (Thrill Jockey 2011) una versión a tope de esteroides de “The Highwayman” de Jimmy Webb, la que abría un grandísimo álbum llamado “El Mirage” necesitado –junto a “Land´s End”- de una revisión digna. Tras ella se palpa, subiendo el volumen, la vibración materialmente expelida de “Waxing Crescents” –recuerda vagamente a la versión de “Morning Dew” de Nazareth- propulsada desde la exigencia al aquelarre. Trepando.