El Mediterráneo occidental se está convirtiendo en el epicentro de una nueva forma de arar los campos fértiles delimitados por folk y psicodelia. Con ecos de guitarras sonando tras ellos, adentrándonos en la serenidad del bosque mallorquín mientras pisamos musgo, hojarasca y pino, encontramos a Oso Leone dispuestos a embrujarnos con su primer álbum. No es exactamente igual su sonido al del bosque americano de Bon Iver o Fleet Foxes, ni al de la Gran Bretaña del Michael Head acústico ni al de la Australia de Ed Kuepper, ni siquiera al de los precursores legítimos como el David Crosby de “If I Could Only Remember My Name”. Tiene una luminosidad distinta, propia de la tierra, con un arranque sombrío –“Paper Moon”– que pronto deja paso a melodías más diáfanas. Deliciosa la combinación de “Rebellion” entre voces, guitarra acústica y esas cenefas de guitarra eléctrica, suaves, que acaban sucumbiendo irremisiblemente ante los teclados sixties: la desazón Crosby –según Fleet Foxes– en primer plano. En cambio la languidez vocal de “Lovebird” recuerda a la de Chris Martin, por lo que encajaría en un supuesto unplugged de Coldplay.

A medida que el álbum avanza se va haciendo más palpable la importancia del contrapunto de teclados y programaciones de Ruspell a los juegos de guitarras y voces de Xavier Marín y Paco Colombás, dotándolo de una ambientación psicodélica dulce. Estamos con “Fire” en medio del bosque, con poca luz y todos nuestros temores a cuestas. El repiqueteo y la guitarra que abren “They Are” recuerdan la fórmula minimalista de un grupo estimado por estos parajes, The Rural Alberta Advantage, aunque después se desvía el meollo de la pieza por otros derroteros. Invirtiendo el orden de prioridades, por una vez las guitarras dejan su protagonismo en “Bornicula” para convertirse en accesorios supeditados a la electrónica, antes de cerrar del modo más intimista posible con “Lobo”.