Imagino nacer con otra vida. Reencarnarme. Si puede ser como ser humano, con un cuerpo más sano y más sexy, mejor. ¿Pido mucho? Claro que me puede tocar minero andino, traficante de diamantes africano o monje tibetano. De poder elegir entre las tres posibilidades del ejemplo, prefiero la última. Una vida ascética rodeado de aire puro en comunión contigo mismo, dedicando horas a reflexionar sobre el origen del término Annapurna mientras espero a que aparezca por el sendero un joven con flequillo llamado Tintín. Sin follar, cierto, pero sin hacer daño a nadie. Seguramente, entre ágape y ágape en cuenco de barro, entre oración matinal y oración del anochecer, leer, cuidar el jardín del monasterio o aprender a levitar, me dedicaría a la música. Mejor que a la viticultura, cosa de monjes duchos en placeres mundanos. Y, sí, sería música parecida a la de Julianna Barwick.

Antes de proseguir, dos confesiones peliagudas. Primera, no puedo con la Newsom. Al menos no con la Newsom de sobredosis en forma de triple.Y tampoco es ella la primera, de hecho llevo años alejándome de la órbita sensorial femenina mientras cargo con una culpabilidad interior por haberme atrevido hace veinte años a colaborar en un pequeño libro dedicado a cantautoras. Será que aún no he encontrado el relevo de Mary Margaret O´Hara.

Segunda confesión: sin ser fan de Sufjan Stevens, me gustan los riesgos de la discográfica Asthmatic Kitty. Busca artistas cuyo talento fluya por vías distintas. Se puede apreciar con DM Stith y con Julianna Barwick. Esta última navega en aguas difusas entre lo clásico, lo new age y lo electrónico –¡qué más da!- y utiliza su voz para cantar textos mayormente inexistentes (o que importan más bien poco). Lo que importa es el mundo que ella crea en media hora, un mundo privado y exclusivo, místico y virginal. Julianna se dobla la voz, hace sus propios coros tratándola como un instrumento más, graba secuencias tal que los más avezados manipuladores de loops, y desprende regocijo religioso con sonidos que parecen florecer entre las grietas de las paredes de piedra fría de una abadía. Como una versión femenina cisterciense de Fredo Viola. Huelga decir que la portada de verde boscoso invita a entrar en “The Magic Place” sabiendo que se puede llegar a la conclusión que ese lugar mágico es nuestro interior. Y puede que pierda a los puntos en un combate con la O´Hara, pero comparten similitudes. Bastantes. La placidez, que no la flacidez, es un estado de acceso restringido por su coste altísimo. En nuestro sistema social actual apenas podemos imaginar gente permitiéndose tales lujos. Quien está en paro no anda precisamente relajado. Quien tiene trabajo no duerme por temor a perderlo. Y quien tiene una empresa del tamaño que sea, carga con mil problemas para mantenerla viva. De modo que todos necesitamos ahora mismo agentes transportadores rumbo a la estación que más lejos se encuentre de nuestra realidad. Casi todos necesitamos escuchar diariamente un álbum como el de Julianna Barwick. Terapia prescrita.