Para una chica como Marina Gallardo, abrir el Ray Ban a pleno sol a las cinco, sin apenas público hasta bien entrada la primera canción, debió resultar un mal trago. Su música esparce resonancias de tristeza y opresión, y al verla de cerca me abdujo el contraste de su figura serena con la aspereza de su sonido. De la oferta de las seis de la tarde, la curiosidad y el ansia de buscarle el punto al catálogo de Mego me hizo decidirme por Emeralds. Llevo años intentando convencerme –sin conseguirlo- de que Fennesz o Tujiko Noriko son nombres imprescindibles de la música popular avanzada. El último, Oneohtrix Point Never, tampoco ha podido conmigo. Tal vez en directo, pensé. Drone melódico, a veces planeador, sin importarle demasiado dónde lleva sino cómo lleva. El guitarrista parecía muy salido ejecutando solos que yo desde mi zona apenas podía intuir entre el peso de los teclados. Cuando se embalaron a medio set y dejaron de lado los tics teutones –Tangerine Dream-, me recordaron a Pink Floyd.

Me quedé en el escenario Pitchfork para ver a Blank Dogs, espoleado por el excelente sabor de boca que me dejó su álbum “Under And Under” hace dos años. Por el deje cavernoso de la sección rítmica en estudio, pensaba encontrar unos Suicide actualizados y lo que sonó fue bastante menos sucio. No me desagradaron, pero había algo en su look –uno con capucha, el otro en plan guaperas, ella con vestido con cenefa abajo a la última- y en su sonido adecentado que casi me empujó a la denominación de origen de tecno pop –primeros Depeche Mode– fashion.

Como contrapartida a tanta austeridad escénica, la bocanada de exuberancia de Of Montreal tenía trazos de sentarme bien. Plumas, despliegue kitsch y ajetreo continuo sobre la tarima. Espectáculo aparentemente vibrante con algún tipo de laguna que no acierto a describir. ¿Flaming Lips para pobres? ¿El pop de Architecture In Helsinki sin la frescura de “In Case We Die”? El caso es que su música –también en estudio- me dice que algo falla. Que el pulso rítmico retro –en algún momento me recordaron a cosas tan peregrinas como Disco Tex And The Sex-O-Lettes– debe sustentarse sobre pilares más sólidos que los de una melodía fugaz, si puede ser imponiéndose la calidez sobre el griterío. Que sobran ideas, circo, algarabía y diversión. Quizás faltan canciones redondas.

Lo poco que pude ver de Big Boi estuvo más que correcto. Hip hop mucho más seco que los arreglos floridos de “Sir Lucius Leith Foot”, pero también más dinámico y contundente al quedar en primer plano el esqueleto rítmico de las composiciones para proyectar el entusiasmo de los MCs. Las bases de bajo y batería golpeando el estómago, las voces el cerebro, y unas enormes ganas de los asistentes para pasarlo bien coreando sus consignas. Lástima que, por gajes del oficio, tuviera que marchar a los veinte minutos para cubrir Glasser. Ojo, no insinúo que Cameron Mesirow decepcionase, muy al revés. Lo escueto del montaje –ella y un músico con sus cacharros- pronto dejó a un lado la percepción de orfandad escénica inicial. Con movimientos felinos de hembra californiana –la voluptuosidad de un vestuario comprado seguramente en Sunset Boulevard, el color salmón- que no escatima horas de gimnasio, suplió economía por armonía moviéndose entre lo sensual y lo tribal. Me sobrevoló la idea de una Kate Bush físicamente en forma tras conocer a Peter Gabriel. Consiguió un bis.

Y llegamos a la decisión más difícil de la noche. Una auténtica putada tener que elegir entre Grinderman y The Walkmen. Empecé por Nick Cave. Demasiado petado el recinto, demasiado lejos del volumen adecuado. Aún así, la sonoridad rugosa de este grupo de maestros conseguía que al australiano se le intuyesen los colmillos. Agobiado por el gentío fui en busca de The Walkmen para encontrarme con más multitudes. Lo comentamos con Juan Cervera después: la sensación es que están como The National pero un peldaño por debajo, a punto de dar el salto. Tras la americana clara, la corbata oscura y ese aire de corner casual de nuevo milenio, la voz de Hamilton Leithauser esconde algo más que el tono nasal de Bob Dylan, demostrando al final del set que puede hacerla erguirse magistral y sostenerla hasta quedarse sin aire. La masa, apabullada, rugió.

Desgraciadamente los compromisos del día siguiente –laborable- me obligaron a una retirada prudente. Pensé que me arrepentiría por no quedarme a Flaming Lips, pero me dijeron que lo indispensable fue Caribou (en la foto).