Seguramente la jornada más singular de todas las ediciones del Primavera Sound, marcada por ese impasse de la final de la champions que sucedía a una tanda de artistas prioritarios en mi agenda.

De entrada Perfume Genius en el auditori, manjar exquisito para cualquier oreja sensible. Lo apropiado del recinto incluso llegó a jugar en su contra pues, despojadas de ese barniz electrónico del disco, sus plegarias llegaban tan limpias en plena sobremesa que a más de uno se le cerraban los ojos…de sueño.

Como contraste, el arrebato escénico de ZA! podría despertarte de un coma. El cóctel de estilos zanjados a lo bruto –del metal al jazz, de lo minimalista a lo free, de lo serio a lo Zappa, de lo blanco a lo negro, de lo sofisticado a lo primario- resulta muy vistoso. Más que tocar, buscan sonidos. A veces encuentran tesoros y los pasan de refilón pero, cuando agarran el trance africano, no tienen rival. También Yuck cumplieron con lo que se esperaba de ellos respaldados por su gran disco: con esas canciones simplemente no se puede fallar. Sobre el escenario se les nota aún más la genética británica, el mimetismo y la escasez de alternativas. Por ejemplo, si un grupo americano no puede reproducir el mismo arreglo que en el disco, busca otra solución. Si en “Suicide Policeman” –la canción que en el post de Yuck decía que se parece a Prefab Sprout– no pueden –o no quieren: la chica ni se acercó al micro- reproducir el acompañamiento vocal femenino, lo dejan extrañamente vacío. En cualquier caso, el coqueteo británico entre lo suave y lo aguerrido me empezó a recordar, más que a Teenage Fanclub, a los Boo Radleys inspirados de “Giant Steps”. Tómese como un cumplido. Y una generalidad que viene al caso: esa manía de las bandas poniendo su tema más largo y plomizo al final –para avasallar con el típico epílogo de noise– empieza a ser tan previsible como los solos de batería hace cuarenta años. ¡Qué daño han hecho Sonic Youth a los directos!

Aunque no pude ver todo el repertorio, me gustó mucho lo que se traían entre manos –más bien entre notas- las chicas de Warpaint. Es de esas cosas que se intuyen más que se palpan, y que solo pueden describir con exactitud las implicadas, aunque de algún modo las transmitan instrumentalmente. Parecen divertirse buscando espacios –las dos guitarras por un lado, bajo y batería por el otro- y complicidades, explayándose sólidas y atrevidas hasta el punto de pensar que su estupendo álbum les queda pequeño y no refleja sus ambiciones.

Empecé a ver a Phosphorescent sentado en la grada y acabé cautivado de pie. Matthew Houck, con pelo revuelto, barba, camiseta negra, tejano negro, pañuelo rojo en el bolsillo y el aire de un Springsteen con moto, comanda apuesto a una troupe de desarrapados que parecen fugados de un sanatorio sin duchas. Suenan algo más rock que en disco aunque no pasan –como en “Los Angeles”– del nivel Neil Young más decoroso del indecoroso Neil Young de “Zuma”. Y su voz, con quiebros de Will Oldham, se desliza segura y espléndida sobre las guitarras, evocando a actos similares que pasaron por este mismo escenario como Band Of Horses. Una maravilla. Disfrutar de todo el set sin embargo implicaba -no me fui hasta escuchar “The Mermaid Parade” perderse el arranque de Fleet Foxes, como así sucedió. Con el San Miguel atiborrado aún de día, los de Seattle hicieron lo que pudieron para mantener la atención e imponerse al murmullo del eufemísticamente llamado `respetable´. Carne de auditori soltada a unas fieras que durante un buen rato fueron embrujadas por su magia. Tras escuchar “White Winter Hymnal”, enfilé rumbo a la pantalla de la final de Wembley.

Y aquí me di de bruces con un problema imprevisto. Mezclar fútbol y música en una misma velada para un fanático de ambas especialidades –lo máximo sobre el papel- es mentalmente duro. A priori, con la copa en el saco, parece fácil reconectar. Pero coño, se ha ganado toda una champions, y a uno le gustaría quedarse comentando con la peña hasta reventar. De hecho, sin la cabeza en orden para perfilar la mejor ruta, lo que hice fue acompañar a los colegas. ¿P.J.Harvey? Pues P.J. Harvey. ¿Perrito caliente para cenar? Lo que sea cuando hay hambre. ¿Swans? Estupendo.

De aquel vestido corto de un Primavera Sound prehistórico a este blanco que la muestra como una vestal abrazada a la plenitud, hay casi una década de evolución. Con “Let England Shake”, P.J. Harvey ha hecho diana en un corazón tradicionalmente escéptico a su blues como el mío. Ahora es más sincera –aún-, más incisiva pese al camuflaje sereno, consciente de que ya no le hace falta gritar para someterte. Su poder se ha incrementado con las resonancias del autoarpa, y la aparente docilidad de sus acordes reside ahora en la convicción de lo quiere comunicar. Yo jamás la había percibido tan hermosamente convencida y convincente, como bajada de una montaña sagrada con las nuevas tablas de la ley en la mano para pulverizar de una vez por todas el orden corrupto establecido. Necesitamos más que nunca gente en la que confiar, discos en los que creer. Sin coartadas cool, al contrario: por la vía fácil, que tenemos ya una edad. Acordes cristalinos –veta folk– y dulzura aparente, directos a la vena, inoculando sibilinamente el virus de la insumisión. Cuando heridas como las suyas permanecen demasiado tiempo sin ser tratadas, la purulencia de su cangrena se traduce en un dolor mucho más profundo, casi extrasensorial; casi placentero.

De eso a lo que intentan transmitir Swans puede haber un trecho muy largo en lo musical, aunque muy corto en el mensaje de fondo. Reconozco que puedo escuchar discos del grupo de Michael Gira cuando estoy solo en casa; con la familia me está prohibido. Y no les falta en parte razón ateniéndonos a la degradación de las formas con que trabajan Swans. En directo sin embargo todo se entiende mejor. Seguimos hablando de insumisión. De insumisión total, empezando por uno contra sí mismo. En lo que uno se ve reflejado y el asco que le puede producir. Por la terrible energía que se puede engendrar en estas circunstancias. No sé si conseguí captar el mensaje enteramente, ni si mi ser infectado salió mejor parado –más puro- de una terapia con forma de aquelarre, con esas percusiones malignas que han dejado de pensar en el ritmo hace tiempo; que han dejado de pensar, que no te dejan pensar, que necesitan imperiosamente trepanar. Solo sé que no pude aguantar toda la actuación por miedo. Miedo a cambiar. Miedo a dejar de ser quien soy. Sonaba aterrador, pero lo que de verdad me preocupó es que había conseguido inquietarme –incluso físicamente- de la cabeza a los pies. Enfilé la puerta de salida sin siquiera recordar que iba a perderme a Animal Collective. Solo deseaba volver a casa. Allí quizás me sintiese a salvo. Con mi familia. Con quienes, inteligentemente, no me permiten escuchar a Swans.