Música y amor, reacciones paralelas. Cuando nuestro corazón está receptivo, somos más vulnerables a cualquier encuentro. Te enamoras enseguida, cegado por las virtudes y ajeno a los defectos que todos sabemos esconder en primera instancia. El paso del tiempo suele ponerle a las cosas el peso verdadero que han de sumar en la balanza. ¿Qué ocurre con el amor a medida que se aposenta pasado el subidón? Lo mismo que con la música: algunas virtudes –las que no eran tales- desaparecen y los defectos asoman. Nadie es perfecto, ni siquiera un compositor.

La música de Fleet Foxes nos pilló –a unos muchos al menos- ávidos de enamorarnos de un disco –sobra decirlo- muy hermoso. ¿Puedes no enamorarte de una persona muy hermosa, repleta además de sensibilidad y buenos sentimientos? ¿Con un halo de espiritualidad añadido que te traslada a ese estado de bienestar capaz de hacerte olvidar –sin drogas- tus problemas diarios? “Fleet Foxes” (Sub Pop 2008) era la pareja diez, morirías y matarías por ella durante las primeras semanas.

¿Y después de tres años? Pregunta capciosa. A aquella belleza, ahora difuminada tras el vidrio de lo cotidiano, ya no se la respeta como antaño. Tiene además una hermana menor, “Helplessness Blues” (Sub Pop 2011), muy parecida desde una percepción exterior –bellísima también-, fecundada con el mismo ADN pero con ligeras variaciones en su carácter. La miras a los ojos y sabes que te va a complacer casi de la misma manera -esbelta, solícita y piadosa- pero también sabes que las dos no son iguales. La menor no ha sido concebida desde la penuria de los tiempos duros, se la ve segura y solvente, marcada por una bonanza que le resta aquel plus de sensibilidad al límite. Los rasgos característicos se generan ahora desde el hábito, no desde la necesidad, atrapándote más por el hecho de ser la joven –la novedad- que por su magnetismo.

Aparquemos los símiles. La primera impresión escuchando “Helplessness Blues” deprime. La misma fragilidad sin la profundidad espiritual de origen. Cuando entra “Someone You´d Admire” se siente un intento forzado de reproducir las sensaciones de “Meadowlark”. En “The Shrine/ An Argument” incluso ofende, en un instante de la primera parte, el arrebato vocal rasgando el terciopelo. Y algunas canciones –“Sim Sala Bim”– quedan a merced de un preciosismo acústico correcto –Simon & Garfunkel dicen algunos- cuyas ambiciones se ciñen a lo plástico. Sin embargo hay un tramo del álbum –“The Plains/Bitter Dancer” y “Helplessness Blues”– esculpidos entre la letargia y la liturgia –ya se detectaron ademanes de Grizzly Bear en 2008- cuya combustión lenta vuelve a la biomasa del bosque, al imaginario de Robin Pecknold, a la fábula y a todo lo singular que aupó a este grupo por encima del pragmatismo de lo terrenal. También se puede olisquear en “Grown Ocean”, justo después de que “Blue-Spotted Tail” supure el néctar del mejor Don McLean por cada uno de los poros de sus arpegios íntimos. Como una canción para darle las buenas noches a la vida augurando un dulce amanecer. Y es entonces cuando sucumbes a los encantos de la hermana menor, de su juventud y lozanía, amándola con idéntica intensidad. Sin olvidar, por supuesto, que aún seguirás enamorado para siempre de la otra.