Me encuentro, solo, en un cubículo denominado habitación que me cuesta 70€ la noche. Un refugio escasamente reconfortante cuando sientes el peso de toda la ciudad presionándote. Hong Kong es amable en cierto sentido –sin pobreza visible, con un caos asiático mucho más llevadero que el caos latino- pero bastante dura en el terreno emocional: hordas que abarrotan Nathan Road desfilan con facciones inmutables delante de ti, una muchedumbre amorfa que tarde o temprano acabará perdiéndose por los anchísimos pasillos de esos centros comerciales de lujo que albergan todos las mismas marcas impersonales. Paradójicamente, rodeado de tanta gente –a la que le falta cultura de bar, de terraza al aire libre para socializar-, me encuentro muy solo.

Quizás influye el hecho de haber estado escuchando “Last Of The Country Gentlemen” (Mute 2011) de Josh T. Pearson. Porque otra manera de palpar la soledad es recurrir al tópico de Texas. Mi adolescencia transcurrió absorbiendo cultura de forma un tanto libertina. Tan pronto estaba en un concierto de The Incredible String Band o viendo “Blow-Up” como disfrutando de “El Bueno El Feo Y El Malo” o leyendo en el w.c uno de esos libros de bolsillo del oeste que corrían por casa. Me divertían sus historias de amores entre vacas y pistolas, muchas centradas en Texas, con personajes típicos como los buhoneros y los predicadores. Mi más oscuro fetiche de soledad tejana sin embargo no es un disco de Guy Clark o Townes Van Zandt, sino la película “Paris, Texas” y, de algún modo, la temática que Josh T. Pearson maneja desde los días de Lift To Experience con aquel extraordinario –porque ordinario no era- “The Jerusalem Tapes”, me lleva a ella. De hecho “Last Of The Country Gentlemen” sería su banda sonora ideal, quizás porque, al haber vivido Josh en Francia y Alemania, capta mejor que Ry Cooder los matices que Wim Wenders quería subrayar.

No sé si estamos preparados para este orden y este discurso en las antípodas de Lady Gaga. Cuando te enteras que un músico publica siete canciones –cuatro de ellas por encima de los ocho minutos, una de siete- sumando casi una hora, y que no es electrónico, la cosa se pone interesante. Letanías sobre las que despliega plegarias larguísimas de regusto fronterizo; canciones de redención y salvación. Podría ser un Jeff Buckley sureño en “Throu Art Loosed”. O un Joe Ely con sotana en “Woman, When I´ve Raised Hell”. A medida que transcurren las canciones veo más grande mi nicho asiático y más minúsculo me voy sintiendo, mientras la madrugada –no la de ahí fuera en la ciudad que nunca duerme sino la que se apodera de todos los seres que no pueden conciliar el sueño- se hace dueña de la situación en “Honeymoon´s Great: Wish You Were Her”. Confesiones verdaderas. I´m in love with another woman, please don´t tell my wife, I cannot seem to stop it and it´s fucking up my fucked up life. Lo dice con el murmullo de voz que sobrecoge del triunfador convertido en perdedor; el veredicto de la religión. “Sorry With A song” se debate en una charca cenagosa de alcohol, reproches, culpa y perdón. Pearson farfulla roto, ya no es la sombra de aquel ser superior perdonavidas del arranque, sino la de un despojo parecido al Travis de Wenders vagando sin rumbo, a la deriva, prisionero de su obsesión por ella. A veces un susurro es más sangrante, como en el presente caso, que un alarido.

“Last Of The Country Gentlemen”, un disco que suena de puntillas, silencioso: su sonido es el de la flecha de cupido al destrozar un corazón. Dejo la habitación, necesito espacio y aire. Camino desde Mongkok por Nathan Road entre neones gigantes rumbo a Jordan. Allí por la noche hay una zona con terrazas. A ver si hay suerte.