Cada día lo tengo más claro: “Person Pitch” (Paw Tracks 2007) en el futuro será considerado como una anomalía. Una bienvenida e indispensable anomalía con poco reflejo en el devenir tanto del músico que lo parió –y su entorno- como en el resto de la comunidad de su tiempo. Me lo acaba de demostrar “Tomboy” (Paw Tracks 2011). Si hacemos como que nunca ha existido “Person Pitch”, el nuevo disco de Panda Bear es el paso evolutivo natural donde convergen los preceptos de “Young prayer” (Paw Tracks 2004) con los de Animal Collective. Sí, todos los implicados supuran energía mística, afecciones vocales de Beach Boys y psicodelia atrapada tras la capa freática electrónica, pero tanto misticismo como electrónica adquirieron dimensiones muy particulares en aquel trabajo legendario.

De alguna manera sin embargo Noah Lennox ha conseguido el objetivo de reafirmarse (más que de independizarse, que no era ése). Manteniendo las coordenadas básicas de la fórmula junto a su socio Avey Tare, se ha enfrentado a la hora de la verdad –la de asumir responsabilidades tras una obra magna porque no podía retrasarse más- sin que le tiemble el pulso, sacándose de la manga una colaboración no por sorprendente menos lógica: Sonic Boom, el otrora mago alquimista de la psicodelia de Spacemen 3. Juntos funden el gusto por las guitarras ácidas de este último con la ingeniería tan personal de Animal Collective. Poca relación –sobretodo melódica- con el álbum anterior. No esperes desarrollos celestiales de diez minutos –con suerte, algo de ensoñación elegiaca en las voces o en arrebatos repetitivos suaves, como en “Slow Motion”– ni quiebros acústicos –menos Glastonbury y más Sonar-, sino más secuencias y aritmética. Sigue Noah apostando por los cantos redondos en vez de afilados –por decirlo de alguna manera, los juegos vocales aún suenan californianos y no búlgaros-, buscando la veta –“Alsatian Darn”– aunque a veces patine –a mí personalmente “Friendship Bracelet” me aburre-, dejando un regusto irregular a quienes esperábamos una utópica superación de “Person Pitch”. Recordaré de por vida con nostalgia aquello inaprensible que se escapaba de la mesa de mezclas directo hacia el interior de tu alma enriqueciéndola. Recordaré la sensación de genio a sus anchas, rompiendo barreras de forma absolutamente natural como el Van Morrison de “Astral Weeks”. Por muy progresista que resulte en algún aspecto, en “Tomboy” no encuentro consuelo, pese a mirar con cariño el precioso diseño del digipack y sonreír ante el guiño futbolero del título “Benfica” homenajeando su residencia lisboeta. Habrá que conformarse con lo que hay.