
Tras la muerte de Elliott Smith a finales de 2003, todos los huérfanos empezamos a buscar sustituto; mercado incluido. Y William Fitzsimmons poseía algunos de los requisitos imprescindibles, a saber, una voz íntima y cálida, la educación de cantautor necesaria, y un ideario forjado desde el encaje de un segundo hijo de una pareja de ciegos que, por si no fuese bagaje suficiente, se completaba con la experiencia de haber lidiado con enfermos mentales en un hospital psiquiátrico. A tenor del look de mercader o predicador de Isfahan que muestra William en algún video, el encaje resultaba perfecto.



