Una de dos: o los que hacen música están cayendo en la trampa del estereotipo, o bien los que escribimos sobre los que hacen música estamos atrapados en él. Desde tiempos prehistóricos se ha asociado la música acústica con naturaleza y paisaje. Cuanto más suave la primera, más verde claro la segunda. Se empezó con el folk por eso de las raíces rurales, y la apuesta por lo silvestre se reavivó con la consolidación genérica de la americana. El provincianismo al poder; el retorno de lo natural, o la mística del bosque volviendo a la inocencia tras etapas – “Twin Peaks”, brujas de Blair– turbias. Más invernal o primaveral, el bosque –el de Bon Iver, Fleet Foxes o Bowerbirds– se ha convertido en término recurrente para ayudar al lector a hacerse una idea de lo que se va a encontrar.

Thousands, dúo de Seattle, no es la excepción, sino más bien la regla. Manejan voces y guitarras acústicas con fragilidad exquisita, disolviéndose sus sonidos en nuestros oídos de un modo tan placentero que da vergüenza confesar que nos gustan. Al principio el bucolismo se muestra optimista –los arpegios saltarines de “Red Seagulls”– pero siempre dejando entrever que son capaces de arrasar a la que se pongan intimistas en serio. Y esto sucede a mitad de “The Sound Of Everything” (Bella Union 2011), después de esa viñeta para disfrutar –sí, sí, yo también caigo en el tópico; en el prado, en una merienda primaveral sobre mantelito a cuadros al borde del riachuelo- que es “Everything Turned Upside Down”, cuando pillan el reverb de aquellos My Morning Jacket de 2001 para evocarte una noche cálida y mágica a la intemperie en el mismo lugar del riachuelo, rodeado de luciérnagas y duendes: faltan palabras para elogiar en una medida justa a “The Sound Of Everything”. Ya pasado el momentazo, Thousands se dedican a cumplir –“Sun Cuz”-, como unos Seals & Crofts actualizados, con la loable tarea de continuar la tradición que reivindica la americana.