Escucho “Bon Iver” (Jagjaguwar 2011) y no puedo dejar de pensar en el concierto de Justin Vernon en el auditori durante el Primavera Sound 2008. Aquellos dos personajes tan minúsculos y a la vez tan gigantescos ante el combinado de lilas y rosas de los focos. La extraña e impagable sensación del instante suspendido y detenido, del silencio que se disfruta hasta romperse, de la viruta de preciosismo aislada en una fracción de eternidad. Si de conciertos solemnes se trata, a éste, por su irradiación de trascendencia, no hay otro que lo iguale.

Trascendente es un adjetivo que sigue palpándose, para bien o para no tan bien, en este álbum. Me fascina su forma de sonar importante e imponente, aunque quizás esté empezando a aborrecer lo sobrado de sensibilidad que parece querer demostrar Vernon con cada nota; incluso en el tono de la lista de agradecimientos desplegada en el precioso diseño gráfico –del tema bosque ya se habló en el post de Thousands, así que no es cosa de redundar, aunque anuncio que los primeros cortes contienen palabras como forests o arboretic– se percibe que el alma de Bon Iver anda pagado de sí mismo. Vernon ha madurado andando el camino y conociendo a músicos –algunos modestos como Gayngs, Volcano Choir o The Daredevil Cristopher Wright, otros impensables como Kanye West: ¿no coincide la cadencia de “Hinnom, Tx” con la de “Runaway”?- de esferas distintas. También ha querido utilizar recursos que hacen buenos titulares, como grabar en un sitio pintoresco –ya lo hizo en el primer álbum y ahora muchos le copian, pero siglos ha The Triffids grabaron en un esquiladero, Cowboy Junkies en una iglesia y My Moning Jacket en un granero antes que él, James Vincent McMorrow o YU LYF– o bautizar el grueso de los temas de este álbum con nombres de lugares: ya me puede nada más empezar –The Triffids de nuevo- el título de “Perth”. En cuanto al uso del falsete, no hay medias tintas. O te gusta –como a mí- o te irrita.

Si algo destaca sobremanera del conjunto de “Bon Iver” es la meticulosidad de los detalles. Meticuloso es para mí alguien capaz de gastar una página más del libreto –y eso no lo hace una sino dos veces: en “Minnesota,WI” y en “Holocene”– porque en el último estribillo del tema cambia dos palabras respecto al anterior. Meticuloso es porque quiere que el mensaje llegue intacto: aparte de ser “Calgary” tan reverente que podrías ponerte en pie para saludarla militarmente cuando sonase, cuenta con varias sentencias –I was only triying to spell a loss sería una, but there´s really nothing to the south sería otra- que te atrapan. Y meticuloso es a la hora de crear los distintos tipos de ambiente: en “Michicant” puede pasar por un Iron & Wine norteño, jugando con la desnudez sonora –ese piano de juguete anticipándose a las cuerdas de “Wash.”– o esforzándose en la escuela arreglística de Sufjan Stevens, aunque a veces le sobran florituras de saxo como en “Michicant” (o no: sin el saxo, “Beth/Rest” tendría el regusto de Peter Gabriel).

Si no insistimos en ver a Justin Vernon como un Leonardo Da Vinci con la bula de la inquietud como escudo y nos quedamos con la inmensa mayoría de virtudes que escuchamos, “Bon Iver” es uno de los discos del año.