El hombre es un animal más, pero se distingue de los demás no solo por la facultad de pensar sino también por su manera de canalizar instintos tan básicos como el sexo. Y los seres humanos de alguna manera también se distinguen entre sí a través de él. Por decirlo con un ejemplo, no es lo mismo hacerlo en unos lavabos gritando ¡¡cómo me pones baby!! que entre sábanas de raso en un hotel cosmopolita susurrándole en la oreja una cita del Marqués de Sade.

Wild Beasts llevan ya tiempo perfeccionando esa técnica tan ancestral en la música popular como hablar de sexo. De los deseos –los claros y los oscuros- más que de los enamoramientos. Con una perspectiva que proyecta erudición desde la primera nota en forma de pirueta operística que suelta la voz de Hayden Thorpe, y desde el primer adjetivo pegado a un sustantivo. “Smother” (Domino 2011), tercer álbum, muestra el pop de Wild Beasts cada día más asentado en un pentagrama sobrio y elegante, sin buscar lo fácil y sin tampoco esconderlo, sabedor que ha encontrado una veta personal desde la cual llenar las arcas vacías del pop inteligente, el de los textos como los de Pulp, cuyas palabras vuelan sobre una buena estructura musical para conducir a un mensaje no tan distinto como distintamente expuesto. De algún modo recuerda a la vieja Gran Bretaña, colonial y distinguida, esparciendo sus maneras de nobleza por el resto del planeta bajo las cuales camuflaba los instintos eternos más primarios: The Divine Comedy sueltos de bajos.

Wild Beasts trabajan a dos niveles. Palo y zanahoria. Por un lado sugieren, por el otro afirman. Pueden hacerlo macerando las percusiones –“Deeper” y “Plaything”– como lo hacían Japan, con el timbre sonoro bien marcado, o pueden seguir perfeccionando su doctorado en sutileza –“Loop The Loop”– desde un flujo casi cinematográfico. A la altura de “Albatross” queda patente que han llegado al estado de plenitud, tal es la naturalidad con la que consiguen hacer fácil lo difícil, remando en un mar sin melodías diáfanas o robustas a las que aferrarse; un mar de futilidad total, donde la textura de una guitarra entrante –“End Come Too Soon”– agiganta el eco de una voz lejana aullando lastimosa. Extraordinaria ambientación, extraordinarios los resultados.

Aunque Wild Beasts se regodean romantizando la lascivia de callejón, lo suyo es sexo de biblioteca. ¿Te pone?