Tras la muerte de Elliott Smith a finales de 2003, todos los huérfanos empezamos a buscar sustituto; mercado incluido. Y William Fitzsimmons poseía algunos de los requisitos imprescindibles, a saber, una voz íntima y cálida, la educación de cantautor necesaria, y un ideario forjado desde el encaje de un segundo hijo de una pareja de ciegos que, por si no fuese bagaje suficiente, se completaba con la experiencia de haber lidiado con enfermos mentales en un hospital psiquiátrico. A tenor del look de mercader o predicador de Isfahan que muestra William en algún video, el encaje resultaba perfecto.

Yo le conocí a través de su segundo álbum “Goodnight” (Mercer Street 2006), colección de acuarelas comedidas, casi austeras –lo que más recuerdo son arpegios y banjos- quizás demasiado deudoras de los tipismos del género: Iron & Wine en “Find My Way Home” y tema largo –“Afterall”- cerrando en desarrollo ascendente que pudiera ser tan de cantautor como de unos Primal Scream de “Screamadellica” en clave unplugged.

Para “Gold In The Shadow” (Nettwerk 2011), cuarto trabajo, Fitzsimmons acentúa ciertas características sutiles previas –la utilización de la electrónica, el susurro tipo Sufjan Stevens– aprovechando las tendencias predominantes. Ahora hay además algo más de presupuesto para los arreglos, lo cual contribuye a acercarnos a las formas ricas del autor de “Illinoise” –con hincapié en lo manso: “Fade And Then Return”– o la de otros autores extraordinarios –“Psychastenia”– como Paddy McAloon, llegando incluso a utilizar una voz femenina –la compañera de discográfica Leigh Nash de Sixpence None The Richer en “Let You Break”– para sublimar la delicadeza. Yo por mi parte me quedo con “What Hold” por el tono íntimo rumiado desde el esófago de Nick Drake, esperando un futuro trabajo más creativamente definitivo –hay que escapar del cliché folktrónico tipo James Yuill que te aboca a meter canciones en series televisivas- a juego con sus posibilidades como compositor.