Estos días me he tomado la molestia –frase incorrecta: al placer no se le ha de llamar molestia- de volver a escuchar por orden cronológico los discos de los implicados en The War On Drugs desde que escuché por primera vez su debut. Sin tener encargada entrevista alguna; tan solo para procesar su segundo álbum “Slave Ambient” (Secretly Canadian 2011) en el marco idóneo, intentando conceder la parte de mérito justa a cada uno de los dos nombres sobresalientes, Adam Granduciel y Kurt Vile.

La teoría de que Kurt ha ido siempre un poco por libre no estaba aún clara entonces, y en “Childish Prodigy” lo que queda patente es un intento de hacer las cosas a su manera con los mismos compañeros (dándoles el papel oficioso de comparsas como The Violators). ¿Diferencias entre “Wagonwheel Blues” y el de Kurt? El tirón Dylan de Granduciel, con los nexos entre los valores del pasado y del futuro sobre la mesa, compitiendo en esta gama con The Walkmen. Ambos tenían la gracia divina de la crudeza honesta en primer plano, así como dos piezas apoteósicas para ganarse la eternidad: tanto “A Needle In Your Eye #16”, con su teclado rancio supurando adrenalina, como “Freak Train”, también bestial en su trote, descargan una intensidad poco usual, y el ritmo de percusión de esta última, pese a ser del disco de Vile, sigue marcando el sonido de The War On Drugs a día de hoy.

Lo que vino después, o sea este año, se ha licuado ostensiblemente a través de una suavización de las formas. “Smoke Ring For My Halo”, ya lo hemos dicho aquí, pugna por desarrollar una trama ambiental distinta con resultados notables, aunque más de uno –yo entre ellos- dude si es mejor que el anterior. Otro tanto ocurre con “Slave Ambient”, aunque con protagonistas distintos. Así como Granduciel sigue siendo pieza clave en los discos de Vile, la presencia de este último en el segundo de The War On Drugs apenas pasa de lo testimonial (guitarra en dos canciones). ¿Qué tenemos entonces? Pues un buen álbum marcado por las piezas de ritmo locomotora –eso sí, con menos vapor y compresión: “Baby Missiles” y “Original Slave”– antes mencionado. A veces está entre The Feelies y U2“Best Night”-, otras entre U2 y Dylan –“Black Water Falls”– y casi siempre en el triángulo formado por los tres. Aunque con la aristas más pulidas, Adam mantiene un punto tenso que le falta al trabajo de su amigo y que, de explorar sus posibilidades, podría llevarle a los faldones de The Bad Seeds que éste abandonó. La más destacada se llama “Come To The City” y sobrevive entre el diluvio y el apocalipsis, erguida en su apoteósica sombra de resistencia al rock (aunque esta sombra implique volver a citar a U2).

Por último, el montaje fotográfico de la portada corresponde a Zaragoza. Para que luego nos quejemos de que no hacemos mella en los grupos que transitan por aquí.