Más conexiones griegas. Llevo dos horas navegando en busca del parentesco entre Lizzy Bougatsos, la voz femenina de Gang Gang Dance, y el fallecido George Bougatsos de una tienda de reparación de calzados neoyorkina cuya voz –supongo que tomada de este video- protagoniza en griego uno de los momentos más singulares de “Eye Contact” (4AD 2011), nuevo álbum de éstos. Vuelvo a vivir contigo ahora, ahora empieza mi vida propia; el corazón me dice prosigue, pero es que no solo existes tú/…/ Vuelvo a vicir contigo ahora, como si ahora fuese mi primera vez; y no veo ya la hora, en el amor todo es cuestión de suerte.

Existe unanimidad generalizada a la hora de valorar el nuevo trabajo: un paso decisivo de la banda para entrar en la franja comercial de la música alternativa. Hasta ahora, la procedencia de Liz había servido para fagocitar y regurgitar influencias cercanas al epicentro helénico, tal que iraníes, turcas, armenias, etc (el arco llegaría hasta Etiopía), sin reparar en su crudeza. Ahora no obstante se empieza con una capa sedosa de teclados a modo de omeprazol para que interactúen disciplinas variopintas de muy diversa procedencia en una torre de babel de tres cuartos de hora. Por más que intento centrar el producto, brotan tantas excepciones que hacen difícil circunscribirlo a unas coordenadas determinadas. Cárpatos, Cáucaso e Indostán no me parecen suficientes. Liz vuela como Kate Bush, a bordo de arreglos a veces dudosos –los de “Adult Goth” suenan a Deep Forest-, otras señoriales –John Barry en “Thru And Thru”-, en muchas extremadamente exóticos –la entonación siamesa de “Sager”-, y convirtiendo lo que a priori podía resultar infumable –flota un presinfonismo entre “The Yes Album” y unos Weather Report post drum `n´ bass– en astutamente urgente. Como unos Transglobal Underground más transglobales, abarcando nuestro planeta y algunas constelaciones cercanas, con la serenidad del que sabe que ha tenido buena recepción el álbum de Flying Lotus. Todo bajo la antes mencionada capa sedosa, de raso y neón, como si filmásemos a cámara lenta en los pasillos de los lujosos megahoteles del nuevo tercer mundo. Trasladado a sonido, lo más cercano al placer de la velocidad de crucero de un viaje espacial sin salir de la atmósfera.