Soy de efecto retardado y combustión lenta, lo reconozco. Solo así puedo excusar mi ignorancia a la tardía hora de hablar de unos Breathe Owl Breathe que el año pasado publicaron su quinto álbum, y de quienes me habló hace más de un par de meses un seguidor de esta página que además promovió sus conciertos como teloneros de Little Wings.

Lo que se traen entre manos Micah Middaugh, Andréa Moreno-Beals y Trevor Hobbs desde Michigan tiene algo que ver con la esencia de Bowerbirds. Música muy relacionada con la naturaleza y el provincianismo rural que les lleva a vivir en la cabaña cuyo nombre da título a “Magic Central” (Hometapes 2010). Solo que aquí el lado folkie de los de Carolina del Norte es sustituido por un sonido más crudo, pero a su vez menos crudo que el que a veces utiliza Bill Callahan. De hecho estaríamos entre Smog cuando se decantan por los graves –“Own Stunts”, “Dragon”– y los agudos –“Swimming”, “Lion´s Jaw”– de escuela Will Oldham. Andréa, de educación musical clásica, puede suponer un contraste vocal –meloso o dramático, según convenga- tan potente como los utilizados habitualmente por Leonard Cohen, con momentos extremadamente sensibles –sin ostentación: el cristal de “Lake Light”– como el de “Dogwalkers Of The New Age”, con el trote insidioso penetrando a cuchillo arengado por el violín mientras dibuja una melodía cuyos ecos he escuchado no hace mucho en el álbum de Nacho Umbert. O como en el intermedio de “Board Games”: un instante fugaz, un fragmento mágico pasando del piano saltarín al piano desolador a la altura de The Rural Alberta Advantage. Es éste un disco donde cada canción poco a poco florece única y personal –el arpegio de “Across The Loch” y lo que fluye por debajo-, distinta pero a la vez genéticamente reconocible de unos mismos progenitores, entre la calidez, el rigor y la compasión. Las doce me tienen pillado. Gracias, Quique.