Subo al coche y pongo en marcha el motor. Tan potente como silencioso. Dos giros a la derecha hasta enfilar la entrada de la autopista. Como casi siempre que no es verano, el cielo encapotado amenaza constantemente con una descarga inminente resuelta con el repiqueteo de gotas finas sobre el cristal. El panorama a través de él es gélido. Columnas de humo se yerguen sobre las chimeneas de la Europa gris industrial, como queriendo hacer frente a la climatología a golpe de combustión.

El silencio del coche de gama alta, deslizándose sobre el buen asfalto mojado con trazado de linealidad excelentemente peraltada, deviene sensación se sumo placer ocultando el ritmo pesado de lo que sucede ahí fuera, en este miniuniverso donde tecnología y siderurgia danzan y danzan acoplándose en su mutua seducción. El color plomizo mortecino queda muy bien como fondo para que cientos de luces de posición, cual libélulas en desplazamiento rectilíneo imposible, formen una orquesta multicolor de rojos y blancos amarillentos, embelesando los rasgos más duros de la civilización del metal en el reflejo del vidrio. La poesía brota incluso desde las situaciones menos favorables, por entre las grietas del hormigón.

No es “Looping State Of Mind” (Kompakt 2011) el primer álbum de The Field. Ni siquiera es muy diferente de aquel deslumbrante “From Here We Go Sublime” –portadas casi idénticas, como siempre- en 2007. Es simplemente una obra sólida y necesaria para ayudar a identificarnos con nuestro entorno urbano. Con el monstruo que hemos creado. Para entender la plasticidad arquitectónica de un edificio alto o la calidez de una plaza dura. ¿Te gusta conducir? Con siete instrumentales así, hasta los estertores de la ciudad. Los ojos bien abiertos tras la ventanilla. Sin buscar. Tan solo encontrando.