
“Biophilia” (Björk). Solo me entusiasmó en “Debut”, y de eso hace ya veinte años. Todo el resto de su trayectoria ha priorizado –opinión personal- la forma sobre el fondo. El cómo sobre el qué. Buscando en la innovación tecnológica o recurriendo a productores/mezcladores/djs que están a la última. ¿Inquietudes para saciar egos? Ideas, muchas. Reconozco que algunos proyectos suyos cristalizaron bien, pero nunca he podido apreciar con libertad uno de sus discos sin la presión de la losa: mira, no te convence pero ya sabes, es Björk, y no se equivoca. Ahora he probado con “Biophilia” un par de veces, nunca de una tirada. Me duermo. Culparé –o agradeceré- a los astros. Y encima he de sufrir todo el despliegue mediático que escupen quienes gustan de botoncitos sin verdaderamente escuchar: primer álbum multimedia, apple, bla bla bla. Sigo no obstante defendiendo las capacidades alucinantes de su garganta.
“Here Before” (The Feelies). Gran noticia: nuevo disco de The Feelies. Primera escucha: inmensa alegría al reencontrarse con esas guitarras y esos ritmos. Segunda escucha: algo se ha esfumado con el tiempo; algo que tiene que ver con la lozanía y el brío de antaño. Tercera escucha: la premura de su legendaria velocidad ha sido sustituida por una velocidad crucero. De crucero de Miami, artrítica. Si de la vida a la muerte median simples latidos, entre una canción viva y una muerta las diferencias pueden ser aún más difusas y opinables. Desde principios de verano apenas lo he escuchado otro par de veces. ¿Mea culpa?
“Whokill” (tUnE-yArDs). Me pone nervioso a partir del segundo corte (“My Country” abre excepcional), misma sensación que tuve hace dos años con Micachu & The Shapes. El solo hecho de buscar vías alternativas no obliga a abrazarlo, sobre todo si la exploración va dirigida al sonido –más que a la melodía- siguiendo la cada vez más extendida manía de hurgar en lo africano –“Gangsta”, “Bizness”, “You Yes You”- y aplicarlo a una suerte de base acústica inspirada en el hip hop. Una economía sonora muy en boga –imagino la riqueza tropical que tendría “Riotriot” desde otra aproximación- que no me convence.
“James Blake” (James Blake). Los espacios aprovechados en clave dubstep produciendo sensación de vacío son de impacto sonoro espectacular, pero –con ese abuso de voz autotuneada, con vocoder, y no solo es cosa de Blake: también The Weeknd, Frank Ocean, SBTRKT y unas cuantas novedades de clubs- dejan maltrecho mi concepto –caduco tal vez- de canción. Quizás porque me cuesta adaptarme a los lamentos sintéticos más allá de Radiohead. Como siga la tendencia hacia el low cost instrumental, predigo mi futuro zambulléndome en las filarmónicas de la música clásica.
“Mockingbird Time” (The Jayhawks). Si de algo pueden presumir álbumes tan distantes en el tiempo como “Holywood Town Hall” y “Rainy Day Music” es de canciones que no se olvidan. En cambio, después de escuchar tres veces seguidas este retorno esperado, no conseguía recordar ninguna de las doce. Está todo allí: la instrumentación brillante, las voces conjuntadas y el rigor profesional. Casi todo. No hay ningún estribillo digno de la leyenda de Mark Olson y Gary Louris, que bien podrían haberse reagrupado solo para conciertos, sin hacernos perder tiempo con material secundario.