“Euphoric Heartbreak” (Glasvegas). La épica escocesa llevada al pentagrama del rock. Glasvegas irrumpen siempre al límite. Sin tanto himno instantáneo como el debut, mantienen no obstante –“You”, “Whatever Hurts You Through The Night”, “I Feel Wrong”, “Lots Sometimes”- un promedio envidiable. Subiendo el volumen, en el polo opuesto a la austeridad de unos The National: más grandes que U2, The Jesus And Mary Chain y Meat Loaf juntos. Respiren hondo y ensanchen sus corazones valerosos: euforia, coge mi mano.

“Telepathic” (L´Altra). Siempre me han gustado. Consiguen suspender con arpegios un tema a la altura precisa para que los demás instrumentos floten ingrávidos. Con cuerdas y guitarra llorona, si es necesario, atrapando resonancias, abrigándose entre burbujas líquidas ajenas a espacio y tiempo, de una plasticidad nacida de combinar Early Day Miners con Yann Tiersen.

“Celebration, Florida” (The Felice Brothers). Pocas canciones tiene donde agarrarse aquí el fan del grupo. Y poco apropiados tanto el tono amoratado como el motivo de la portada, aunque quizás reveladores de las incorporaciones electrónicas dejando en un segundo plano a las guitarras (cualquiera diría que “Container Ship” está firmada por ellos). Más barrocos –a veces incluso feriantes: acordeón y vientos en “Honda Civic”- y menos previsibles, hay que aplaudirles por el mero golpe de timón drástico –con pros y cons: el desenlace de “Ponzi” echará para atrás a los fieles-, y esperar al próximo trabajo para apreciar si éste ha sido decisivo e irreversible. Me quedo con lo acústico sin percusiones aparatosas, tanto si es con piano y orquesta –“Oliver Stone”- como si es –“Dallas”- con guitarra.

“Invitation” (Dominant Legs). Con quince años yo también formaba parte de un grupo. Llegamos a tocar un par de conciertos y teníamos cuatro buenas canciones. No prosperamos –seguramente porque éramos mediocres-, pero siempre me ha quedado la sensación de que aquellas cuatro piezas hubieran conformado un gran EP. Con ello pretendo decir que, aunque se pueda valorar a una banda por un solo EP, no es escalera tan sólida como un álbum para elevar a alguien a los altares. Una vez desinflada la burbuja, el de Dominant Legs es un debut correcto. Eso sí, los más aventurados que por favor sigan valorando enseguida sin miedo a errar el tiro: de ellos nos nutrimos los de segunda línea.

“Mine Is Yours” (Cold War Kids). Pequeña decepción, aunque nunca al nivel de desastre que pregonan en otros medios. Yo lo veo más como un problema con solución. Estos chicos a nivel sonido han llegado lejos. Llenan con pocos instrumentos, tapando todas las rendijas hasta coronar cimas inalcanzables. Cada canción de este tercer álbum es un hit potencial. ¿Qué falla pues para que “Louder Than Ever”, “Royal Blue” o “Bulldozer” no lo sean? Pues algo en la manera de componer –algo que fluía en aquel más espartano “Robbers & Cowards” y que aquí no fluye- desafiando la lógica melódica. Agarran una buena secuencia, montan el texto bien cantado, el estribillo con gancho, y de pronto dejan caer un par de acordes que desmantelan la magia de la pieza.

“Wild Flag” (Wild Flag). Dejando a un lado la manía del mercado machista de promocionar los grupos de mujeres como supergrupos y/o discípulos de las riot grrrls, duele constatar que aquéllas siguen sobresaliendo en estilos limitados: reinas del pop, cantantes de folk de alcoba o luchadoras femeninas escupiendo música fiera. Pocos términos medios, aunque por otro lado también se ha de recalcar la cada vez mayor presencia de grupos mixtos. Wild Flag siguen la flecha marcada por Hole y Sleater-Kinney, con las guitarras afiladas proyectando una energía de brutalidad controlada, magnética y veloz –el zumbido de “Short Version” se pega cosa mala-, capaz de acabar una pieza de modo distendido –“Glass tambourine”- pero también de enrocarse –“Racehorse”- en una cerrazón contagiosa.

“Portamento” (The Drums). Después de un magnífico EP y un buen álbum continuista apuntando un estilo propio –cruce entre la cosmología Smiths y la dinámica Beach Boys sobre ritmos de hace medio siglo: la utopía de escuchar a Link Wray haciendo música chicle-, es la hora de rubricarlo en el segundo largo. Siguen las canciones insidiosas fáciles, la mayoría poco evolucionadas –excepciones hay, como “Searching For Heaven”, pero no agarran más allá del tema de la muerte-, interpretadas con ropa casual de marca, peinados de sexualidad ambigua, y el punto de mira puesto en la cruz colgada sobre el papel de flores de la pared. Su reluctancia a la hora de cambiar ese piñón fijo que tienen como patrón les resta –y restará más de continuar así- puntos.

“Nine Types Of Lights” (TV On The Radio). Precisión quirúrgica en el ritmo, un suave reflujo de funk sobre arreglos industriales: lo de Dave Sitek, Kyp Malone y resto de la troupe tiene algo de aquellos híbridos lejanos (no me atrevo a comparar su parsimonia con las bestiadas de Living Colour, aunque sí con la cadencia de Pigeonhed). Cada álbum parece más logrado que el anterior –mejorar “Dear Science” puntúa-, solo que éste trae consigo un mal recuerdo: la muerte del bajista Gerard Smith. En el futuro se apreciará mejor el ninguneo sufrido por esta banda en Europa.

“Again Into Eyes” (S.C.U.M). La comparación con The Horrors –a quienes les unen lazos familiares- puede servir a los novatos, pero los más bregados entenderán mejor la de aquellos Simple Minds de “Empires And Dance”. Tan capaces de sacar los carros de combate –“Faith Unfolds”, “Whitechapel”- para desfilar por las metrópolis conquistadas como de moldear baladones apocalípticos –“Paris”- desde la suavidad.

“Factorycraft” (Found). Es de esos discos que pondría en listas para desmarcarme (y, vital para la vanidad, porque nadie más lo ha puesto): Escocia, Chemikal Underground y Mogwai con una cucharadita de Talking Heads semitensos, y desviaciones varias –adorable el toque Phil Spector de la entrada de “Machine Age Dancing” antes de pasar a la letargia de Hot Chip y Metronomy- como prueba de lo entretenido que podría ser si solamente presentase algo más de músculo. No les pienso perder la pista.

“Paradise” (Slow Club). Pareja con un primer álbum firmemente asentado en el formato de folk clásico con textos vigentes, procura desencasillarse con el segundo. Ella toma el mando vocal mientras él se refugia en la guitarra eléctrica. Curiosa mutación sin hipotecar la parte esencial de su talento; la que pasa por encima de cualquier arreglo imaginativo: la canción como vehículo secular de lo que se narra. Dylan puede contarte un cuento. Simon & Garfunkel o Lydia Lunch también, por poner ejemplos extremos (que no vienen a cuento de gente que cuenta cuentos: me estoy liando). Por no confundir más al personal –o sí-, solo decir que antes estaban cerca de Peter Paul & Mary y ahora pudieran estarlo de Feist. Paso adelante atrevido.

“Widowspeak” (Widowspeak). Demasiado deudora la voz de Molly Hamilton de la de Hope Sandoval de Mazzy Star, a medida que el álbum avanza se empiezan a desvelar matices personales: un sonido no tan narcótico sedado sino más bien basculando entre lo seco de The Gun Club y el lujo dramático de las bandas de mujeres de 4AD.

“Hearts” (I Break Horses). Recogen las distintas metodologías escandinavas, con esos guiños –muchos- al fuzz de The Radio Dept y subidas suntuosas como las de Efterklang, siempre cerca de la saturación shoegaze. Pero tienen un problema similar al denunciado hace unos días en un post de Lanterns On The Lake (también pupilos de Bella Union). Sus temas, por muy bonitos que sean, desembocan en el pozo de lo estéticamente previsible –todo casa sin asombrar, nada cruje y nada excita-, desde el cual es muy difícil trepar para salir si no se recurre a lo insólito.

“Lupercalia” (Patrick Wolf). De joven músico con proyección, que en el primer álbum coqueteaba con una especie de blues adaptado a la teatralidad británica del violín, hemos llegado a un quinto enfocado al pop tal como lo diseñaron Pulp –pasión vocal, arreglos en espiral ascendente- con un plus de amaneramiento. Lejos de Owen Pallett y relativamente cerca –si sigue por esta vía- de encontrar el hit que tanto parece ansiar. Una advertencia: la calidad no es directamente proporcional a los méritos que precisa una canción de éxito. Existe algo –llámalo duende, magia: nada que un cambio de orientación sexual pueda aportar- de lo que aquí carecen las composiciones de Patrick.

“Wounded Rhymes” (Lykke Li). La recuperación de postales del pasado –“Love Out Of Lust”, “Unrequited Love”, Sadness Is A Blessing”-, un síntoma recurrente de los tiempos en la meseta creativa occidental, o cuando disfrazamos el pop consumista de toda la vida para hacerlo pasar por tendencia. Quizás Lykke Li tenga más recursos escondidos –indie, folk, gótico, dance- entre estas diez piezas para poder encarar sin cadenas el futuro, pero aquí parece un anuncio en los mentideros: si busca una estrella sueca, cool y pop, yo soy su chica.