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Una trayectoria como la de Will Oldham, longeva y a su modo variada, forzosamente ha tenido etapas que gustan más a unos que a otros. Yo soy un adicto a la primera, la de Palace –Brothers, Music, Songs o a secas- y el dramatismo espartano, aunque mis álbumes preferidos son “Ease Down The Road” –ya como Bonnie– y, paradójicamente, una recopilación no muy alabada de aquellos días llamada “Lost Blues And Other Songs”. [Más…]

Kate Bush
28.02.2012

Mi percepción acomodada de Kate Bush, fraguada de cuando no me interesaban para nada los devaneos operísticos en el pop –ni los suyos en “Wuthering Heights” ni los de Queen en “Bohemian Rhapsody”: dos canciones que ahora reivindico con ganas y arrepentimiento-, durante años fue la de una niña mimada por la prensa –y por venir de la mano de un miembro de Pink Floyd– que sabía sacar partido de unas dotes más efectistas que emocionalmente importantes. Ornamentada por fuera, hueca por dentro. [Más…]

Mint Julep
23.02.2012

Describir, definir y distinguir estilos como dream pop y shoegaze puede llevar más tiempo del deseado, sobretodo por el hecho de no encontrar los adjetivos específicos –muchos comunes- para cada uno. Así que a veces es mejor recurrir a dos nombres de discográficas para solventar el trance: Sarah y 4AD respectivamente. No siempre funciona sin embargo, como bien indican los límites difusos por donde transitan Asobi Seksu –en su último trabajo- y Mint Julep con su debut.

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Era de suponer que White Denim desacelerarían con la experiencia y el tiempo. De aquel impetuoso y caótico arranque elogiado aquí hace tres años y medio, habían pasado con “D” (Downtown 2011) a un cóctel de influencias variadas más controlado: una suerte de prog –con acústica ocasional incorporando a un cuarto miembro, el guitarrista Austin Jenkins– que incluso presentaba anomalías en forma de balada (“Sweet Joy”).

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Es como si, cual Jonás, ya sólo pudiera comunicar desde el interior de la ballena en un insistente ejercicio de síntesis e intertextualidad propia, ya sea desde el estricto aliento literario o desde la cadenciosa reverberación. Bordeando desde el título una especie de acrónimo de “I’m your man” –y participando de ésta en una estructura conclusiva muy similar-, recurriendo a esa particular ofrenda al sirtaki que empezara a cristalizar en “Dance me to the end of love”, o yendo al tuétano lírico y espiritual de “Hallelujah”, “Amen” se viste de un halo sincrético puramente coheniano, como si el canadiense errante quisiera condensar aquí muchos de sus yos sin miedo a caer en la autoparodia (aun a riesgo de resultar demasiado imprudente semejante conjetura). Un acto de reafirmación estilística que participa de una obstinada invocación a modo de panoplia existencial.

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